“Se equivocan: A mi hermano yo le puse el nombre”

Su nombre es Alberto Luberta Martínez y es el hijo más pequeño de la prole que ayudó a traer al mundo Alberto Damián Luberta Noy. Aunque muchos se sorprenden de que el más chico honre al padre con su nombre, y no el mayor, como suele suceder, creen que la continuidad viene por el progenitor.

1976: “Cuquito” en su segundo cumpleaños

¡Y se equivocan de acera a acera!

Escasas personas conocen que yo, Aldo Luberta Martínez (Aldito, El gordo o El secretario, para mis compañeros de judo), osé, con apenas 5 y medios, enfrentar a la voluntad de mi viejo… ¡Y lo logré!, que es lo más llamativo.

Alberto Damián, de su matrimonio con Emelia Lugo Calero, tristemente fallecida en 1978, procreó 5 niñas: Alicia (16 de diciembre de 1957), Alina (21 de abril de 1960), Aleida (10 de diciembre de 1962), y las gemelas Emelia y Emilia, que murió a los pocos meses, o días, no tengo el dato concreto, de su nacimiento el 14 de julio de 1966. El viejo, obviamente, quería un niño, necesario entre tantas féminas, pero, sobre todo, para que llevara por nombre ALDO.

El 21 de septiembre de 1968, Luberta contrajo nupcias con Caridad y, 9 meses y una semana después… ¡BINGO! Nació el niño tan ansiado que, obviamente, y desde el 27 de junio de 1969, arrastra con la voluntad de su progenitor, en cuanto a nombre refiere: ALDO.

Satisfecho, al máximo, el matrimonio Luberta Martínez quería otro hijo. “Si es niño se llamará ABEL”, había advertido mi padre, pero sucedió que sus planes se derrumbaron, cuan castillo de naipes, el 18 de diciembre de 1974, pasaditas las 7 de la noche, fecha y hora de la llegada al mundo de mi “Cuco” querido.

“Cuco” y “Cuca”

Cuenta mi madre que el viejo, emocionado, arribó a Maternidad Obrera, hospital donde se protagonizó el alumbramiento, y se acercó a la cuna donde, plácidamente, dormía el bebé “de su papi, de su mami y abuelitos”.

– Hola, Abelito – susurró.

– No se llama Abel – acotó mi madre –. Su nombre es Alberto.

El viejo miró incrédulo a mi madre que esbozaba una sonrisa.

– No me reclames a mí – dijo Caridad –. Aldito le puso el nombre.

La afirmación sonada disparatada pero no lo era. Sucedió que cuando llegó la noticia a mi casa de que mi hermano había nacido perfectamente bien, yo, de la nada, sin nadie pedírmelo, por pura inspiración divina, salí a la calle dando saltos y gritando, con la agilidad que para nada me ha caracterizado: ¡Nació mi hermano Alberto! ¡Nació mi hermano Alberto!

Aquel acto heroico de un estudiante de preescolar llegó a los oídos de mi mamá, y me tomó la palabra. Por ese motivo ALBERTO se llama ALBERTO, como mi padre, y no ABEL, como él ansiaba.

P.D: Pero no todo queda ahí.

¿Recuerdan a “Fantito”, el dibujo animado soviético?

El material audiovisual cuenta la historia de un noble paquidermo, que de pequeño todos le decían así, “Fantito”, y cuando se hizo grande exigió a Tusa Cutusa, su más connotado enemigo, que le dijera elefante porque, y cito textual, “crecí y creció mi nombre”.

Con mi hermano pasó algo parecido. De niño, un día, y también por motivos desconocidos, le comencé a decir “Cuquito”, ya de grande, bastante grande, el alias cambió para “Cuco”, que es como la mayoría lo identifica.

O sea, y para culminar, Alberto Luberta Martínez me debe llamarse como mi padre y también su alias, cuasi universal.

P.D de la P.D: Pero no todo queda ahí.

Este enredo de “Cuquito” y “Cuco” derivó que a Dunia Ruiz Cárdenas, su esposa y madre de sus hijos (Aldo Daniel y Alberto Javier), también como una hermana para mí, le digan “La Cuca”.

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