“El hasta pronto a Rosa Infante”

Cierro los ojos y la veo en nuestra querida Ciudad Escolar Libertad. La veo con su eterna sonrisa, su descomunal tamaño para la edad, y su color negrísimo de piel, dentro de una cancha de baloncesto intentando burlar al rival y anotar la ansiada canasta que amplíe o recorte la ventaja para su quinteto. Cierro los ojos y la veo. La veo afable, cariñosa para con todos, y, lo puedo decir, con su inteligencia extrema, la misma que, tiempo después, le permitió acceder, tras incansables y sacrificados años de estudio, al título de Doctora en Medicina.

Cierro los ojos y me veo, la veo, reencontrándonos el 23 de agosto de 1984, cuando un grupo de quinceañeros, jugando inocentemente a convertirse en oficiales de las FAR, matriculó en la Escuela Militar Camilo Cienfuegos de Capdevila.

Me veo, la veo, obviamente, inmersa en las largas jornadas para entender el intríngulis característico de cada asignatura acompañadas, ¿por qué no?, de música bailable y entrenamientos deportivos.

Luego, con el transcurso del tiempo, la graduación, y tras el ¡JURAMOS!, el sendero de cada cual. Ese mismo que, hoy, a más de 30 años de aquel 4 de julio de 1987, al volver la vista nos damos cuenta que, hay personas, compañeros imprescindibles, porque todos los son, que nunca más, hemos coincidido en espacio físico. FACEBOOK nos brinda un aliciente, pero el abrazo sincero, con algunos no se ha concretado, y en los casos más extremos no volverá a repetirse.

David Torres es historia, como también Ernesto González Fundora y Joaquín Barrios. El traslado, abrupto a una dimensión extra terrenal los convierte en eternos celadores de nuestro andar por el mundo. Cuando apenas lamentábamos la partida del último, nos estremece la noticia de que Rosita Infante ya no estará entre nosotros.

Duele. Duele mucho su adiós, en el que quedó interrupto ese abrazo sincero y el “cuídense” reparador. Duele saber que se apagó, para siempre, su eterna sonrisa, la que nos alegró en momentos que apenas teníamos para pasar el rato. Partió Rosita a un mundo que, indefectiblemente, nos espera a pesar de la resistencia nata del ser humano.

Allá está. Allá está quizás disfrutando de un buen partido de baloncesto. O emitiendo un certero consejo. O, sencillamente, aguardando la llegada de cada uno de nosotros para retomar cualquiera de nuestros díscolos procederes de adolescentes.

“No tengo consuelo”, comentó Olivia Sueiro, otra de las féminas que nos trazó la vida en los predios de Ciudad Libertad. Y es que la muerte duele, aún más cuando convierte en ángeles a quienes queda mucho por hacer, y dar, en este apresurado planeta.

Adiós, doctora. Hasta siempre. Hasta que nos volvamos a encontrar. Hasta ese momento en que convertidos todos en ángeles coincidamos en la dimensión que, por anticipado, te abrió las puertas.

Agradezco, agradecemos que la vida te haya ubicado, con sapiencia, en nuestros caminos. Hasta siempre, Rosa Infante, o mejor hasta pronto.

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