“El Cocuyé no quiere salir”

Desde el domingo 12 de marzo de 1967, cuando los Orientales de Roberto Ledo vencieron, inobjetablemente, a los Industriales de Fermín Guerra Romero, para así obtener el título de la VI Serie Selectiva de béisbol, el Cocuyé se convirtió en símbolo de victoria de los equipos de la zona este de la isla de Cuba.

Manuel Alarcón Reina, uno de los pitchers más efectivos que recuerden los fanáticos cubanos, lo había augurado antes de comenzar el partido final.

– Que cierren La Trocha…

“El Cobrero” no creyó que sus eternos rivales tenían en su haber 4 títulos en línea.

– Y preparen el Cocuyé.

Y así sucedió.

Aquel “Dios de Cobre de los Orientales”, con su número 17 en el dorsal de la camiseta, maniató a la formidable alineación de las huestes habaneras y condujo a su equipo a la soñada victoria. No le importó el currículum vitae de los azules, ni la pujanza de los presentes en el estadio del Cerro que, indefectiblemente, pedían, clamaban, exigían, la quinta corona al hilo de la nave industrialista.

In situ, se calcula, había más de 40.000 aficionados; afirman que la mayor concurrencia a un espectáculo beisbolero en Cuba desde 1959 a la recordada fecha, animada por Pedro Izquierdo, “Pello El Afrokán”, que durante repitió, hasta el cansancio, que María Caracoles baila el Mozambique.

Alarcón no solo cumplió su vaticinio, sino que pintó de blanco a los pupilos de Guerra Romero, para, de esa manera, ofrecer a su hazaña más quilates de lo humanamente imaginado.

La Trocha se cerró y salió el Cocuyé.

– Abre / que ahí viene El Cocuyé.

La corneta china acompañó el arrollador paso de la ciudadanía que a ritmo de conga y ron festejaba el primer triunfo de su equipo de béisbol en Series Nacionales.

– Abre / que ahí viene el Cocuyé.

Alarcón pulverizó la dinastía azul.

– Abre / que ahí viene el Cocuyé.

Y desde entonces el Cocuyé se convirtió en símbolo de victoria de los conjuntos de béisbol de la llamada zona indómita. Hace 53 años que sale, indómito también, explotando en euforia en cada alegría pelotera oriental, o, específicamente, de Santiago de Cuba.

Así lo invistió Alarcón y él, juguetón por antonomasia, asumió la responsabilidad.

Pero, y se me antoja, que, por vez primera, en décadas, el Cocuyé anda triste, o más que triste avergonzado. Me lo imagino caminando, cabizbajo, taciturno, meditativo, porque, como a nadie, le enojan las injusticias.

No comprende que al capitán de capitanes, al Rey, al que estremeció a sus seguidores, dentro y fuera de Cuba, le hayan negado su lugar en el palacio del béisbol en la mayor isla de las Antillas, ese sitio reservado solo para los inmortales. Busca explicación lógica a tamaño atropello, aunque sabe que es imposible de encontrar respuesta coherente.

Abatido avanza por Padre Pico. Consternado va por Garzón. Triste, alicaído, llega hasta su inseparable Trocha. La misma que, más de 5 décadas atrás, permitió ser clausurada para que él se paseara feliz, orgulloso, rimbombante…

“Que cierren la Trocha y preparen el Cocuyé”, rememora entre lágrimas. “Que cierren la Trocha”, repite con pesar. “Que cierren la Trocha, pero si él no está, yo no salgo”, concluye decidido.

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