“Con el Diego de mi adolescencia”

Los que me conocen viven convencidos de que soy acérrimo amante de los deportes, pero, contradictoriamente a lo que sucede a nivel mundial, el fútbol, la más universal si de disciplinas atléticas nos referimos, no ocupa un lugar cimero entre mis preferencias.

Disfruto más un partido de béisbol, o de voleibol, o de baloncesto, o de polo acuático, o de balonmano; porque me viene de cuna, por mi abuelo, por mi viejo; no obstante, el fútbol no es ajeno; incluso, asombrosamente, entre los clubes de Paraguay, por ejemplo, simpatizo con Libertad por causas expuestas en otros comentarios que, obviamente, no voy a repetir.

Titulo esta propuesta parafraseando un tanto, su libro “Yo soy el Diego de la gente”, porque, y así lo afirmo, su figura me recuerda la época en la que, con apenas 3 lustros de vida, junto a un grupo de chiquillos atrevidos, intentaba acariciar mi título de bachiller.

Diego Armando Maradona llegó a mi vida en 1982 cuando, en tierras españolas, se disputaba el Campeonato Mundial de Fútbol. Para entonces, Diego tenía 21 años y yo apenas 13, lo tenía solamente como jugador de referencia; y, ante el empuje de los italianos Paolo Rossi y Dino Zoff o de los alemanes Karl-Heinz Rummenigge y Klaus Fischer, mi incipiente estructura mental relegó a “El pelusa” a un lejano.

Algo muy diferente sucedió 2 bienios después.

“El 10”, “El barrilete cósmico”, capitaneando a la albiceleste, no solo llamó la atención del mundo, sino que aglutinó a un grupo de adolescentes, todos estudiantes de la Escuela Militar “Camilo Cienfuegos” de Capdevila, sita en la periferia de la capital cubana, que, osadamente, nos reuníamos en la plaza central de ese inolvidable estricto centro educativo, para, y de manera totalmente empírica, discutíamos, como avezados especialistas, jugada por jugada y, por ende, el pronóstico de cual de la selecciones participantes en el Campeonato Mundial de México, 1986, sería la privilegiada en levantar la copa del orbe.

El partido final, ¡de rompecorazones!, se concretó, en horas de la tarde, el domingo 29 de junio, en el mítico Estadio Azteca, y los argentinos, con marcador de 3-2, superaron a los teutones, y, por segunda ocasión en la historia, ya lo habían hecho en 1978, gritaron al mundo “somos campeones”.

Esa noche, correspondía entrar después de la salida del fin de semana, y la discusión, en términos diáfanos, fue rimbombante. Unos muchos nos reconfortamos con el triunfo de Argentina, otros muchos lamentaban la derrota de Alemania, y otros muchos, a los que no les interesaba el fútbol, disfrutaron de aquella amena controversia manteniendo una asombrosa atención a los argumentos expuestos.

Murió Diego Armando Maradona, a sus 6 décadas de existencia, una personalidad indiscutible de la historia del fútbol mundial del siglo XX. Falleció “El 10”, ese mítico hombrecito con el que no simpaticé, absolutamente, ni con los avatares de su vida privada ni con su controvertida ideología. Me quedo con el Maradona de las canchas, con el excelso jugador, con el egregio artista del balón; ese que, también en México’ 1986, le convirtió, en la etapa de cuartos de finales, al equipo inglés un gol  que, para muchos, es el mejor en la historia de las Copas del Mundo…

Me quedo con ese Diego Armando, porque, y lo repetiré hasta el final de mis días, fue un factor aglutinante entre aquel grupo de adolescentes que, unidos hasta hoy, bregaba por un título de bachiller.

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