“Al no poder comprar libros, escribía un cuento diario para leer a mis hijos”

Ángela fue mi alumna en el Centro Cultural La Cas 1073, sito en la calle México de Asunción, Paraguay. “Buenas noches”, susurró amable, pero casi imperceptiblemente, al arribar a la sala de clases. “¿Acá se imparte el taller de microrrelatos?”. Le respondí afirmativamente y la invité a ocupar un lugar. “En breve comenzamos”, acoté.

Profesora Ángela Franco /Gentileza

Apenas iniciada la clase me percaté de que tenía delante a una alumna sui géneris. Ángela no solo argumentaba cada pregunta que le formulaba al grupo de estudio, con humildad inimaginable, sino que en cada contestación ofrecía razonamientos acompañados de extrema sabiduría.

– Soy docente, profesor.

La confesión no me sorprendió, en lo absoluto. Sospechaba que en la savia cultural de mi interlocutora existía, o alguien muy dedicada a su profesión, o alguien con muchos años de docto empirismo.

– Le felicito, señora – le comenté –. Me atrevo a agradecerle, en nombre de sus alumnos, su dedicación al magisterio.

– Gracias – musitó un tanto sonrojada.

Y entonces se ocurrió me la pregunta. Una interrogante fuera de lugar porque, y lo reconozco, debí de haberla formulado al inicio del taller.

– ¿Tiene experiencia en literatura?

Ángela me miró sonriente, se me antoja que hasta compasiva. Con esa ternura que solo caracteriza, como es su caso, a las grandes maestras. En ella vi a Felicia, a Lourdes, a Alberto, a Clara, a Aida, a mis viejos, a mis abuelos… A todos los que, felizmente, me han encauzado en mis cinco décadas de existencia.

– En una época de mi vida me vi obligada a escribir un cuento diario.

Soy de leer mensajes subliminales, pero, en ese preciso instante, no me percaté de lo que quiso decir “la profe”.

– ¿Obligada a escribir un cuento diario? –. repetí sin comprender.

– Le explico – y como tomando un respiro me hizo saber los motivos de su obligada incursión en la cuentística –. Resulta que, como le dije, profe, soy maestra, y los maestros no percibimos buenos salarios. A eso le puede sumar que soy madre de seis hijos. Yo quería inculcarles el hábito de leer, pero, lo reconozco, mi economía no me permitía comprar libros. Era imposible, profe. Pero en lugar de lamentarme por mi situación, me hice el propósito, me obligué a escribir un cuento diario para leerles a ellos, para que de esa manera se fueran creando un hábito que desafortunadamente se ha ido perdiendo. Gracias a eso, a mis hijos, que ya son grandes, les gusta leer.

– ¿Y todo eso que escribió existe? – pregunté extasiado por la revelación.

– Sí. Están guardados.

Le comenté que sus cuentos no solo debieran darse a conocer, sino que también la génesis de la obra. El mundo tiene que conocer que existe una señora, una buena señora, de nombre Ángela Franco a la que la escasa economía no le impidió convertir a sus hijos en ávidos lectores.

“Solo el amor alumbra lo que perdura”, expuso un gran poeta; “solo el amor engendra la maravilla”, reiteró; “solo el amor convierte en milagro el barro”, concluyó.

Convencido estoy de que no, pero “la profe” Ángela pudo, perfectamente, haber sido motivo de inspiración.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s