“El cumple de Ña Petrona”

Ufffff… Cada vez que recuerdo los 90 de Ña Petrona se me eriza la piel. Cuando supe lo del cumpleaños de la señora algo me indicaba que no debería de ir. O mejor, una voz me decía que sí, y la otra que hiciera lo diametralmente opuesto.

“Ella siempre ha sido tan buena con nosotros”, afirmó mi madre mostrando la mirada más humanamente tierna posible. “Bueno, si no queda otro remedio…”, contesté resignado. “Pero eso sí, voy con ustedes, pero estaré bien lejos de ustedes. No quiero estar escuchando las quejas de papá que si la comida está baja de sal, que si la cerveza está caliente, que si la mesa de dulces no alcanza para todos, y que si la música está tan alta que uno no puede ni conversar. Si voy es a divertirme, no a amargarme la existencia”, concluí dándole la espalda a mi vieja evitando sus tan acostumbrados, y poco cariñosos, responsos.

Llegamos al ágape e ipso facto busqué a Antoñico, el sobrino de Ña Petrona, muy gran amigo, y le pedí, encarecidamente, que me ubicara en una mesa lo más alejado posible de mis consanguíneos. “¿Te importaría acompañar a mis tías? Son excelentes y muy divertidas”. Acepté y… ¿Por qué acepté?, es la pregunta que me hago. Lo que me sucedió… ¿Karma o burla del destino?

En efecto. Las señoras, cuatro en total, tal y como señaló Antoñico, muy risueñas, habladoras, ocurrentes y… ¡Desdentadas! A Marianela le faltaban los caninos superiores, Modesta solo exhibía los caninos superiores, Dominga apenas un incisivo superior, y Carmela se alegraba se tener dos molares, en igual posición, que, acomodando el alimento, podía realizar, aunque con dificultad, el acto de masticación.

“Victoria”, exclamé triunfante para mis adentros haciendo silencioso alarde de mi perfecta dentadura. “El asado a la parrilla que nos corresponde como invitados será solo para mí. Las guerreras que me acompañan cuentan con poco recursos logísticos y apenas podrán degustar un poco de pastas”.

Me llamó la atención que mis acompañantes reían de sus ocurrencias sin importar la ausencia dental. Las carcajadas a mandíbula batiente no solo me contagiaban a mí, sino a las mesas aledañas. En primera instancia sentí lástima por ellas, luego un sentimiento de admiración, sin límites, al aceptar, sin objeciones la limitante.

Pasados treinta minutos comenzó la fiesta. Primero, el discurso de cada hijo de Ña Petroña; luego, el discurso de Ña Petrona; posteriormente, el discurso de las nietas de Ña Petrona; y, ¡para concluir! , el discurso de uno de los biznietos de Ña Petrona.

La sesión de oralidad dio paso al vals, y Ña Petrona, cual quinceañera, tuvo la valentía, las fuerzas, a sus noventa años de danzar con cada uno de los asistentes. Mientras todo sucedía el hambre carcomía mis entrañas, pero me sentía tranquilo por el banquete que me aguardaba.

“La cena está lista”, se escuchó, “pueden pasar a servirse, menos el asado que será ubicado por los mozos en cada una de las mesas”, anunció el encargado de animar detrás de su consola de audio.

Ni me inmuté. No había necesidad de levantarse si lo que me importaba, el asado a la parrilla, me lo traerían a la mesa, como realmente sucedió. ¡Una bandeja de exquisitos cortes vacunos delante de mí y sin nadie que me hiciera competencia!

Susurrando agradecí a Dios, primero, por tener un plato de comida, y, además, por mis acompañantes, a las que la vida les arrancó las herramientas de trituración bucal. “Come, mi hijo”, come toda la carne que puedas, que nosotras no lo hacemos hace muchos años. ¿Verdad, muchachitas? ¡Sonrían, mis niñas!”. Y, al unísono, mostraron, sin pundonor sus desvalidas fauces.

Mientras mis longevas acompañantes probaban las ensaladas y las pastas, yo di cuenta de la bandeja de carne que ante mí se exhibía. “¿Le sirvo más?”, me preguntó el mozo. “Usted no tenga pena, amigo. Todas le veces que pueda me sirve que no le voy a hacer quedar mal”.

Y sirvió otra bandeja de carne. Y otra. Y otra. Y, finalmente, otra más.

“¿Satisfecho?”, preguntó mi anciana compañía rebosadas de asombro. “Muy satisfecho”, respondí complacido. “La carne estaba bien condimentada”, y sonreí; no obstante, me percaté que al hacerlo a las buenas señoras les cambió el semblante y comenzaron a cuchichear entre ellas, medio burlonas pero discretas.

Yo, mantenía mi boca abierta en una forzada sonrisa, buscando comprender la situación. “¿Qué pasa?”, pregunté con cierto tacto. “¿Sus dientes, jovencito?, parece que se fueron de lugar”, advirtió Carmela.

“¿Mis dientes?”, susurré titubeando. “Los de arriba”, acotó Marianela, muy respetuosamente, “hace un rato estaban y ahora no”. “¿Dónde están?”, preguntó Dominga. “¿Dónde los metiste?”, inquirió Modesta.

Con discreción cerré mi boca y con la punta de la lengua comprobé que mi dentadura ya no era tan perfecta; pero cual fue mi otra sorpresa, más extrema que la anterior, cuando, Dominga, tan nonagenaria como Ña Petrona, como un bólido, se levantó de la mesa, se dirigió a la consola de audio, intercambió una palabras con el encargado de sonido que disminuyó el volumen de la música y le entregó un micrófono.

“Buenas noches. Se me ocurre un concurso de participación en medio de tanta alegría. Propongo que se le otorgue un premio a la mesa donde todos sus integrantes les faltan uno o varios dientes. La de nosotros es fuerte aspirante. ¿El de las luces puede enfocar hacia allá? Un poco más a la derecha, por favor. ¡Eso! Sonrían chicas, sonríe chico que tú los acaba de perder. ¡Así se hace sin pena! Si Steven Spielberg hubiera tenido un tiburón con tan pocos dientes, el escualo no hubiese sido tan sangriento”.

Ufffff… Cada vez que recuerdo los 90 años de Ña Petrona no solo se me eriza la piel, sino que tengo añoranza por mis dientes, que, por cierto, tuvieron paradero desconocido; aunque, supongo, que hayan salido expelidos en cierta evacuación del serpentín intestinal, y permanezcan, tranquilos, en un hediendo rincón de alguna cloaca.

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