“Diarios”

Lo conoció esa noche disfrutando de la brisa del malecón habanero. Ese añejo lugar, donde se reúne todo el que está de paso por la capital cubana. Ese icónico punto de la geografía, de la mayor isla del archipiélago antillano, que permite, a la economía más golpeada, un ratito de esparcimiento.

– Buenas noches – le dijo con amabilidad –. Te veo muy sola, ¿puedo hacerte compañía?

Aceptó que se sentara a su lado e inició la conversa.

– Te invito a mi casa – propuso él después de 90 minutos de animada plática –. Vivo solo desde que mi abuela falleció hace poco más de un año. Como buen cubano, no tengo nada de beber, apenas agua, medio fría y medio tibia porque mi refrigerador anda a medias; lo que significa que te puedo brindar agua, toda la que quieras, pero el hielo te lo voy a deber. No tengo nada de comer, solo un mendrugo de pan medio ácido, pero, si te gusta el rock, poseo una buena colección de discos que podemos escuchar si no se va la corriente.

– ¿Es muy lejos de aquí?

– No. A unas 10 cuadras.

– Bueno – afirmó aprobando.

Al llegar al lugar ojeó el entorno y, de inicio, le asombró el perfecto orden que en ella reinaba. “Sorprendente para un chico que vive solo”, pensó admirada, analizando, quizás que no pernoctara en el lugar. Impecable la cocina, la cama, la sala, la biblioteca, la mesa de trabajo… Cierto que el departamento era minúsculo, pero llamaba la atención la extrema pulcritud.

– ¿Estás ahí? – gritó desde el interior interrumpiendo sus cavilaciones.

– Sí, no me he ido todavía – respondió sazonando la broma.

Se sentó en un mullido sofá.

– Espero que…

Iba a continuar pero algo le llamó la atención. También estrictamente organizado, miles de periódicos se amontonaban debajo del buró donde se ubicaba una notebook.

– ¿Será un importante coleccionista de diarios?

Se levantó y, despacio, se acercó al motivo de la investigación.

– ¡Muy llamativo! – exclamó para sí tomando, tras agacharse, un ejemplar que dejaba ver la fecha de emisión.

“14 de octubre de 1977”, leyó.

– ¿Te gusta leer periódicos viejos? – escuchó la interrogante.

– Perdón – acotó apenada –. Solamente quise…

– No tiene importancia – agregó, sonriente, ayudándola a incorporarse.

– Ahora la pregunta te la hago yo, y disculpa mi curiosidad, ¿te gusta leer periódicos viejos?

Él la tomó de la mano y la ayudó a sentarse en el mismo sofá en el que su ubicó segundos antes, acomodándose a su lado.

– Me gusta y no me gusta. Me entretiene, aunque, te confieso, adoro mis periódicos viejos. Es más, muchos de mis amigos colaboran conmigo donándome los que en sus casas van a botar.

– ¡Te gusta y no te gusta! – repitió la chica sin comprender.

– Una pila, parecida a la que te llamó la atención, la tengo en el baño.

– ¿Diarios viejos en el baño? ¿Para qué?

– Para leer.

– ¿Para leer?

– Para leer en el baño. Los leo, los uso y los echo a la basura. Así de sencillo.

Explotó en carcajadas.

– Hace años lo hago, como todo el mundo. Te parecerá exagerado que los guarde para eso. Quizás hasta pienses que estoy medio loco, pero no tengo otra opción. Con los precios como están, ¿de dónde voy a sacar para comprar papel higiénico como hace cualquier ser humano en cualquier parte del mundo? ¡Como todo buen cubano es lo que tengo que hacer, o es lo que me obligan a hacer, que no es lo mismo ni se escribe igual! ¿Tú no? ¡No me digas que tú no! ¡Hazte la extranjera!

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