“¿Qué tienen las mujeres de Yateras?”

Guantánamo es la provincia más oriental del territorio cubano, y la única, de su administración político administrativa, que no tuve el privilegio de conocer. O mejor dicho aún, la única que no he podido conocer porque, mientras tenga vida, guardo ese deseo.

Con una extensión de 6.176 kilómetros cuadrados, la geografía guantanamera está dividida en 10 municipios, según datos de la WIKIPEDIA: Baracoa, Caimanera, El Salvador, Guantánamo, Imías, Maisí, Manuel Tames, Niceto Pérez, San Antonio del Sur y Yateras.

Y en este último me voy a detener para comentar una simpática anécdota que ha sobrevivido a los años. Pudo haber sucedido o no. Pudo ocurrir en otro lugar, pero siempre, SIEMPRE, escuché que aconteció en Yateras.

Aclaro: solo voy a reproducir lo que a su vez me contaron en infinidad de ocasiones.

La zona oriental del país se le conoce, también, como “la tierra caliente”, y de esa cualidad surge esta petit historia.

Dicen que, a finales de los años ochentas, una afamada orquesta popular fue contratada para amenizar los carnavales de Yateras. Hecho el anuncio, la presentación musical era esperada con ansias. La agrupación representaba, en los festejos, la cereza de la torta. Era el clímax, el momento cúspide, la cima de la celebración.

Iniciado el concierto, comenzó la locura. La mezcla de pan con cerdo asado y cerveza de tanque, o de pipa, más caliente que fría, comenzó a provocar una simbiosis explosiva y espasmódica  entre las miles de personas que bailaban.

La noche avanzaba y el calor, por así decirlo, se incrementaba a niveles insospechados. Y cuando menos se esperaba sucedió el desenlace que, a pesar de las décadas, se transmite de boca en boca.

– Vamos a hacer un coro, mi gente.

Dijo la voz principal de la orquesta intentando hacer partícipe al público de lo que estaba sonando.

– Cuando yo pregunte, ustedes me contestan… ¡SABROSURA! ¡SABROSURA! ¿De acuerdo?

– Siiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiií – se escuchó gritar a un desafinado público afectado además, por los niveles de alcohol.

– Viene, mi gente… ¿Qué tienen las mujeres de Yateras?

La respuesta fue inentendible.

– Repito, mi gente… ¿Qué tienen las mujeres de Yateras?

Otra respuesta que apenas pudo ser perceptible. Insisto, la cerveza, el tan gustado líquido espumoso que aumenta considerablemente la necesidad de miccionar, mellaba el entendimiento de los presentes.

– Con fuerza, mi gente, con fuerza… ¿Qué tienen las mujeres de Yateras?

– ¡Fuego uterino! ¡Fuego uterino! – se escuchó con desenfreno.

Si es cierto no, lo desconozco. Si sucedió o no en Yateras, también lo desconozco. Mi intención no es, ni remotamente, estigmatizar a las féminas de esa provincia guantanamera; solo dar a conocer una anécdota que, sin importar si es verídica o ficticia, solo de imaginar la situación me hace carcajear de buena gana.

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