Alfredo Monteagudo Castillo, la malanga de la INTERARMAS

La colocasia esculenta, muy preciada, al menos en Cuba, proviene de la Polinesia. En nuestra isla caribeña se le conoce, popularmente, como malanga, satuino para los paraguayos, y es un tubérculo, al igual que la papa, el boniato (Entiéndase batata, por estos puntos geográficos), la yuca (Entiéndase mandioca, en este lado del mundo).

Por ejemplo, Alexis Valdés y Willy Chirino, en su última entrega musical, de excelente factura, “Yo soy cubano”, hacen alusión a unas exquisitas frituritas de malanga; Esperanza, mi abuela materna, por ejemplo, tenía buena mano para hacerlas hervidas y ponerlas a mesa “mojaditas” con un inigualable aderezo.

¡De recordar esos banquetes dominicales en el seno familiar, al unísono, se me aguan los ojos y el paladar!

No obstante, de solo escuchar el vocablo malanga acuden a mi mente, en tropel, lo atesorado en mi memoria referente a la cultura culinaria de la parte del Caribe donde nací, y también, lastimosamente, una persona, repulsiva en un 100%, me atrevo a decir, que por su ausencia de intelecto fue merecedor del mote de MALANGA.

Y me remonto al mes de septiembre de 1988 cuando, por designios del infortunio, el entonces capitán Alfredo Monteagudo Castillo se hizo cargo de la compañía de segundo año, de la facultad #3, de la carrera Ingeniería Mecánica en Tanque y Transporte, de la Escuela Interarmas de las FAR “Antonio Maceo”.

El nombramiento, en contra de nuestras voluntades, como sucede en cualquier fuerza castrense, enviaba al mayor Pablo Arnaud Fortes, muy querido en nuestra tropa, a cumplir otras funciones, y, por ende, era reemplazado por Monteagudo Castillo, de muy triste recordación.

A escasos días en su nuevo cargo, el “egregio” capitán, ya era conocido como “Malanga”. Alguien dijo, no recuerdo quien, “ese es tan bruto que parece que lo sacaron de debajo de la tierra. Ni una malanga le hace nada”.

Solo bastó un impulso y fue bautizado… ¡Hasta el día de hoy!

En mi poco tiempo de cadete fui subordinado directo de varios oficiales de mando. Los tenientes Quiala Alonso, Francisco Ancízar (Creo que así se escribe el apellido), Luis Castro Castro, Zayas (Que sobrevivió a un disparo en su cabeza mientras limpiaba su pistola); los capitanes Salinas y Savigne; los mayores Sabugo y Arnaud (Ya lo mencioné); el teniente coronel Tomás Fraga Gómez, el suboficial Galañena (Cada vez que lo fui a ver a su oficina me lo encontraba tirando golpes al aire, creo que tuvo intento de ser boxeador), a todos, de una forma u otra, los recuerdo, sinceramente, con aprecio y privilegio.

En su momento me reportaron por indisciplinas cometidas, en su momento me requirieron, en su momento me dejaron sin pase, pero siempre dándome a entender que mi condición de cadete me impedía asumir determinadas actitudes y que en la escuela existía un reglamento que indefectiblemente tenía que cumplir.

¡Y mencioné algunos, pero son más, y, reitero que, y lo expreso con toda franqueza, les agradezco que hayan intentado encauzarme por las rutas de la disciplina militar!

Si no tuvieron éxito fue mi culpa.

Con “Malanga”, con el capitán Alfredo Monteagudo Castillo no sucedía así.

Él disfrutaba la acción de humillar, el castigo nada ejemplar… Se esmeraba en recordarte, cada segundo, obviando cualquier método pedagógico, que por encima de cualquier circunstancia era él el jefe y nuestro poco menos que carneritos sumidos en una condenada obediencia.

Asumió la jefatura de la compañía y, una tarde, en la que vistiendo ropa de deportes, me dirigía al cuartel (Entiéndase albergue) nos encontramos frente a frente. Luego del saludo de rigor entablamos una conversación que, aunque así lo desee, me cuesta olvidar.

-¡Así que usted es Luberta! – dijo burlonamente –. ¡Usted es el chistoso de la compañía!

-¡En qué otro lío estoy metido! – pensé.

-Me hablaron de usted – prosiguió –. Que si se pasa la vida haciendo cualquier cosa de la cultura y no cumple dcon lo que está establecido. Le advierto algo, cadete, a mí los culturosos no me gustan. ¿Usted es gago?

-Sí, compañero capitán.

-O sea, le cuesta hablar, se traba hablando, ¿y canta en el grupo musical?

-Sí, compañero capitán.

-¿Y cómo si eres gago puedes cantar? – agregó intensificando el sarcasmo.

-No sé decirle, compañero capitán.

-Me gustaría verle un día cantar, y comprobar cómo un gago canta. Solo para divertirme.

-¿Puedo continuar, compañero capitán? – sostuve para librarme del mal momento –. Se me hace tarde para efectuar el baño.

-Puede, cadete, pero antes le recuerdo que a mí los culturosos no me gustan, y si usted no cambia a diciembre no llega en esta escuela.

No cambié, por eso mi vida bajo su mando fue un verdadero infierno. No cambié, y tuvo razón “Malanga”: la conversación sucedió en septiembre de 1988, el 2 de diciembre de ese año fui dado de baja del CEM.

¿Qué me hizo?

Todo lo que se le puede hacer a un ser humano para humillarlo.

¿Una anécdota?

Fui dado de baja el 2 diciembre de 1988. En la madrugada del 3 de diciembre yo estaba durmiendo en el cuartel de mi compañía. No tenía dónde ir. Me habían dicho que en la mañana iban a enviarme a una unidad de soldados, pero que esa noche podía pernoctar con mis queridos ex compañeros de estudio. Siendo las 03:00, aproximadamente, siento que me sacuden fuertemente. Era el capitán Alfredo Monteagudo Castillo, era “Malanga”. Con ira contenida me levantó, me hizo poner el uniforme, me condujo a las afueras del dormitorio, y en firme estuve hasta el amanecer. Según sus palabras como ya no era cadete no podía dormir en el albergue.

¿Lo volví a ver?

Sí. En el año 2003 en una gira por Villa Clara, su provincia natal. Ostentaba los grados de teniente coronel. Se me quedó mirando fijamente y sonreí. ¿”Usted es “Malanga”?, le pregunté con toda mala intención. Bajó la cabeza, dio media vuelta y se marchó.

Desconozco si me reconoció, pero supongo que la palabra MALANGA le dio señales de mi identidad.

Afortunadamente nunca más nos encontramos.

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