“Ahí la dejo”

Muchos me dijeron que soy una idiota porque renuncié a esa casa para irme a vivir a un departamento muy chico y alquilado, pero nadie sabe lo que sufrí. Quizás se lo imaginan, pero no del todo mi sufrimiento entre esas 4 paredes.

Cada rincón, cada hueco, cada orificio enmohecido me recuerdan a Ramón, ese ser tan despreciable con el que malgasté casi 30 años de mi vida.

¡Cuando cerré la puerta de la casa fue como si algo muy pesado se desprendiera de mi!

¡Ahí la dejo!

¡Qué se pudra la casa con todo lo que tiene dentro! ¡Qué se la roben a pedacitos! ¡Qué alguien más necesitado entre a la fuerza y la viva, porque ahí no me verán más la cara!

¿La cocina?

Apenas funciona.

De las 6 hornillas solamente 3 funcionan. Cuando Ramón llegaba borracho y la cena no estaba lista, o se le ocurría que la comida estaba mal cocinada o tenía el gusto que él prefería… ¡Después que me golpeaba la emprendía con la cocina! En las primeras ocasiones la mandé a arreglar, pero después me di cuenta de que Ramón no iba a dejar de beber, además de que me lo dijo, e iba a seguir gastando el poco dinero de mi sueldo en arreglar algo que en pocos días se iba a volver a descomponer?

¿La vajilla?

Nada queda.

Nada hay de lo que nos regalaron, de lo que compramos en estos años. Apenas 4 platos plásticos, plásticos porque no se rompen. El juego de platos, ¡de porcelana!, que me obsequio abuela Ñata, cuando nos casamos, no queda absolutamente nada. Uno a uno se fueron rompiendo, uno a uno los fue rompiendo sin el menor arrepentimiento. “Son unos platos de mierda regalo de una vieja que ya no existe”, me dijo entre risas en aquella ocasión que llorando le pedí que me dejara aunque sea uno como recuerdo de la mamá de mi mamá que tan buena era.

¿La sala?

Sin muebles, o muebles en ruinas, para ser más exactos.

Los vecinos llamaron a la policía cuando, esa noche, hace como un año, se dieron cuenta del fuego en el patio. Pensaron en llamar a los bomberos pero les pedí que no, que Ramón había sacado el sofá, rociado con alcohol y prendido fuego para ver cómo se veía en la noche. “Un día te va a matar a ti. Ten cuidado”, me aconsejó mi madre entre lágrimas; “lo mato a él primero”, advertí a mi mamá; “¿por qué no te divorcias de una vez”, me preguntó el viejo; “no sé, papá, no sé”, respondí entre sollozos; “es la última vez que llamamos a la policía, cada vez que lo hacemos quedamos mal porque nunca haces la denuncia y ese malparido de Ramón a las 2 horas está en la calle”, advirtieron mis vecinos.

¿El baño?

Ni espejo tiene.

Creo que era la parte de la casa que más sufrió estos años de martirio. El lavamos roto, el bidet también, el inodoro, la ducha que es solo un pedazo de tubería…

¿La habitación?

Es lo que más se conserva, aunque también está destruida.

Nuestro juego de cuarto, de cedro pulido, obsequio también de abuela Ñata, está casi intacto por la dureza de esa madera que ni comején le entra. Solo los closets están sin puertas por las patadas que Ramón les daba en sus perretas de alcohólico.

El colchón está hundido pero tiene una huella de nuestra tragedia: Dejé desangrar a mi exesposo la madrugada en que decidí terminar con su existencia, para así darme un poco de felicidad.

¿La casa?

Ahí la dejo. No la necesito. El tribunal me dio una nueva oportunidad declarándome inocente. Espero der feliz en mi nueva vida, porque la otra la dejé en esa casa que ahora dejo.

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