El embajador tiene miedo…

Le teme, y mucho, a lo que pueda suceder y, de esa manera, concluya, abruptamente, años de ejercicio de sus malévolas herramientas fomentando una profesión, sempiternamente, al servicio de un gobierno que desprecia a sus compatriotas.

No conozco a Francisco, así es su gracia; y dudo que pueda existir un diálogo respetuoso entre ambos, porque, ¡y lo repetiré hasta el cansancio!, para él, y su entorno, nosotros los emigrantes no existimos.

Resulta en extremo doloroso que ofenda nuestra decisión de no vivir en Cuba, se toma como un verdadero agravio, una extrema afrenta,  vejación, indulto, injuria, el hecho de pensar diferente.

Hoy Francisco Fernández lo demostró, como también hizo valedero el pavor que experimenta ante la comunidad cubana en Asunción.

Francisco Fernández Peña rogó, supongo que suplicó, protección a la policía nacional.

Lo hizo sin motivos reales porque sabe, perfectamente, que nuestro grupo es pacífico.

El representante de Cuba  está convencido de que la caravana de vehículos que conformamos, éramos poco más de 30 automóviles, para recorrer varios puntos de la capital paraguaya enviando un respetuoso y claro mensaje al mundo, era incapaz de quebrar la tranquilidad de la tarde dominical, pero, aun así, asumiendo la clásica actitud de víctima, impidió nuestro trayecto por el frente de los predios de la sede diplomática.

¿Por qué?

¿Qué razón hay?

¿La embajada es para todos los cubanos, o solamente para los cubanos que profesan su obsoleta ideología?

En un momento pensé que Francisco, el pobre Francisco, nos odia visceralmente, pero no. No nos odia. Nos teme. Nos deprecia; y de ese temor, de ese desprecio le nace el miedo a nuestra verdad, que está siendo escuchada y, lo peor para ellos, admitida.

Tiene pánico de lo anterior y de solo mencionarnos se acobarda y no muestra el rostro. De solo escribirle a su número privado, +595 981 … 012, aunque se trate de una consulta insulsa, bloquea al emisario sin ofrecer explicación alguna, convirtiendo en nula, absolutamente invalidando, cualquier oportunidad de diálogo.

Le espanta no poder rebatir con argumentos, medianamente sólidos, lo que gritamos a la humanidad. Le sobresalta su falta de razonamientos lógicos  y raudo se refugia en sus aposentos diplomáticos.

¡Qué pena que el embajador tenga miedo! ¡Que tenga tanto miedo! ¡Que el terror se apodere de su persona por las exigencias de un grupo de connacionales!

¡Qué pena, concluyo, repito, redundo, reitero, que Francisco Fernández Peña, el embajador cubano en Paraguay, tenga miedo!

Pero, ¡qué bien que el pueblo cubano ya no lo tenga!

Por el momento seguimos… ¡Sin miedo!

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