Ay, mi Ciudad Libertad…

Con gran tristeza observo la publicación de Ibis Elena Martiato Mora, a quien vi nacer y crecer, sobre el estado en que se encuentra Ciudad Escolar Libertad, otrora emporio de la educación cubana; centro en el que, orgullosamente, cursé, entre los años 1974 y 1984, los grados académicos del preescolar hasta el noveno curso, último del nivel secundario básico.

Allí estudió también Cuco, y Boris, y Denis, y las Lissette, e Ibelmis, y José Ángel, e Ibis Elena, y Segel, e Ismaelito… En esos predios confluimos niños que con el paso de los años hemos alimentado, fervientemente, la idolatría hacia una de las mejores escuelas existentes en el país.

Sería muy mal agradecido sepultar tantos hermosos recuerdos, y, al mismo tiempo, sería también un acto de extrema ingratitud hacer silencio ante tamaña demostración de desidia.

¡Ciudad Escolar Libertad murió en el abandono! ¡Sucumbió a la inoperancia estatal! ¡Expiró víctima del desinterés, de la abulia oficialista, aunque su certificado de defunción eche la culpa a los embates del bloqueo económico, brutal y genocida que Estados Unidos somete a Cuba por más de seis décadas!

Sucede que la versión estatal rebosa de argumentos sin sentido, de incoherentes razonamientos.

Los destrozos que se pueden palpar en la Ciudad Escolar Libertad son consecuencia de la incuria gubernamental, de la probada ineptitud de una pléyade de indolentes concentrados solo en el beneficio personal y en pregonar que Cuba es una potencia educativa, no de factores allende las fronteras de la isla.

Inexistentes el teatro, impecable años atrás; el gimnasio, donde aprendimos a nada y las primeras proyecciones de judo; el campo de béisbol, donde dimos los primeros pasos tras el estrellato en nuestro deporte nacional…

Duele, Ciudad Escolar Libertad.

Nos constriñe el alma tanto desastre arquitectónico.

¿Por qué sucedió?

Vacuas son las posibles respuestas lógicas, aunque no pocos, insisto, pretendan justificar tanto abandono.

Nuestra escuela, aquella que nos recibió cuando apenas superábamos un lustro de vida, ya no existe, y lo que más duele, lo que más indigna es que, precisamente, a nadie le importa. Solo nosotros, los dolientes, porque créanme que hemos perdido a un ser muy allegado, alzamos nuestras voces en busca de justicia.

Pero tampoco existe la justicia, por eso Ciudad Escolar Libertad desapareció del plano real dejando una sensación demasiado amarga para ser descrita.

Asesinato, degollina, supresión, aniquilamiento… La lengua cervantina es amplia, pero ahora los adjetivos son escasos para definir el martirio sufrido, durante décadas, por esa institución educativa.

Ay, mi Ciudad Escolar Libertad, continuaremos llorando tu partida.

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