“Jijijijiji… Psfrrrrrrrrrrrrrrr… Adaedadaeda”

Idania Álvarez, Ernesto Zamora, Ernesto Guerra, Reinier Echevarría, Israel Casanova, Daniel Zaldívar, Elvis Torres… Pertenecen al grupo que, en 1984, junto a nosotros, inició estudios preuniversitarios en la EMCC de Capdevila, pero que, por una u otras razones, marcharon hacia otros centros educativos a continuar el aprendizaje previo a la enseñanza superior.

Unos apenas se mantuvieron por un semestre, otros solicitaron la salida al concluir el décimo grado; a unos, casuísticamente, los volví a ver; a otros, ni por fotografías… Pero eso sí, a todos, sin excepción, los recuerdo con particular cariño.

Sucedió, en el primer curso, un fin de semana cuando, de sábado para domingo, recién estrenados nos correspondió permanecer de guardia en la escuela.

¿Qué se nos ocurrió?

Pues la genial idea de comprar algo de bebida alcohólica para, digamos, matizar el ambiente. No estábamos muy abundantes de fondos pecuniarios para decidir comprar, de algún local exterior a la unidad militar, ¡porque la EMCC era una unidad militar!, una botella de coronilla, aguardiente de caña, que en esa época tenía un precio de 9 pesos con 60 centavos, ¡una ganga!, hicimos, entre todos, una ponina.

Recaudado el presupuesto… ¿Quién saldría a comprar el brebaje y dónde lo haría?

-Yo voy – dijo Angelito Castro dispuesto a cumplir tan importante misión –. Mi tía trabaja en MAVI y venden.

MAVI era una casa de descanso, o de entretenimiento, del Ministerio del Interior, creo que del departamento de Defensa Personal, ¡disculpen si me equivoco!, que a partir de ese momento se convirtió en sitio recurrente para el alivio del paladar en lo que concerniente a degustar algo distinto a lo que ofrecían los encargados de la cocina de la escuela.

Cabe destacar que la cercanía de MAVI a la EMCC favorecía nuestras incursiones en el lugar, más si no era necesario escapar tomando la carretera principal, ruta obligatoria para el traslado de oficiales y docentes, sino que atravesando por los frutales de mango, localizados en el fondo, llegábamos muy rápido, y, lo más importante, sin ser vistos.

-Zamora, acompáñame – agregó nuestro segundo jefe de pelotón dirigiéndose a uno de los tantos de nombre Ernesto que había en el grupo.

Ellos partieron y nosotros quedamos con las ansias de que regresaran para, y sin la mirada inquisidora de nadie, poder darnos un trago aunque fuera de coronilla, entiéndase aguardiente de caña.

Transcurrió aproximadamente una hora cuando Ángel llegó junto a nosotros, los que en ese instante cumplíamos el turno de retén, o sea, esperábamos volver a ocupar el turno de la guardia.

-Zamora está en el fondo del almacén. Tiene la botella. Vayan cuando quieran.

-¿Por qué demoraron tanto? – preguntó alguien.

-No, todo fue rápido – aclaró Angelito –. Es que me tuve que ir por todos los puntos avisándole a la gente. Vamos.

Y fuimos, ¡cómo no hacerlo!, pero…

-¿A este qué le pasa?

Hallamos a Ernesto Zamora, completamente dormido y ¡abrazado a la botella como novio en luna de miel!

-¿Ernesto?

-Jijijijiji… Psfrrrrrrrrrrrrrrr… Adaedadaeda… Jijijijiji – fue su respuesta.

-¿Qué tiene este?

La respuesta la encontramos, precisamente, en el recipiente de vidrio.

-¡Se la tomó!

De la coronilla quedaban apenas 4 dedos.

-Jijijijiji… Psfrrrrrrrrrrrrrrr… Adaedadaeda… Jijijijiji…

Repetía Ernesto Zamora en su delirio alcohólico.

-Jijijijiji… Psfrrrrrrrrrrrrrrr… Adaedadaeda… Jijijijiji

Lo levantamos entre todos, y en andas, lo llevamos al albergue.

Suéltenlo en la ducha con uniforme y botas, a ver si así se le quita más rápido la borrachera.

Cuando vino en sí, Zamora nos dijo que, a pico de botella comenzó a tomar ante la demora de nosotros.

Desconozco si fuera su primera vez pasadito de tragos, pero sí el primero de nosotros, porque hubo otros, que en la EMCC de Capdevila se paseó, o fue paseado, totalmente ebrio.

Para Ernesto Zamora, ese buenazo que nunca más volví a ver, un abrazo sincero, para Ángel Castro Saborit, recientemente fallecido, otro abrazo, también inmenso, a la eternidad.

Aclaración: Inolvidable momento de nuestra graduación. Ángel Castro Saborit es el tercero, de derecha a izquierda, en la segunda fila. Se ubica entre Alfredo Rafael Hernández cámbara y un servidor.

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