“¡Aldo! ¡Aldo! ¡Aldo!”

¿Se imaginan a un tartamudo intentando hablar en ruso?

No puedo negar que asimilé bastante el idioma, el que me fue impartido los tres años en los camilitos por un magnífico staff de docentes. Incluso, en mis incursiones callejeras jugando squash, o cancha como se le conoce popularmente en Cuba, me comunicaba, ¡aunque muy limitadamente!, con muchos exsoviéticos que prestaban servicios en la isla.

No obstante, por ejemplo, en un examen oral, la profesora Lourdes O’farril, de esas docentes imposibles de olvidar, estuvo a un tantito de perder la paciencia ante mi imposibilidad de expresarle, obviamente en ruso, la fecha en que Vladimir Ilich Uliánov, conocido históricamente como Lenin o Valodia o Volodia, dejó de existir: 21 de enero de 1924.

“Profe, han pasado casi cuarenta años y no tengo idea de cómo se dice”, le comenté hace unos meses en nuestro grupo de WhatsApp, tras el feliz reencuentro digital, después de unos cuantos lustros sin conocer sobre nuestros paraderos.

Con Tatiana, otra de las docentes, guardo no pocos momentos divertidos.

Sus clases fueron excepcionales y para nada influye que ella nació a 9.550 kilómetros de la Habana, distancia entre Moscú y La Habana, allá en la patria de Máximo Gorki y Anton Chéjov, sino porque le caracterizaba el amor al magisterio, y lo demostraba en cada incursión al aula.

Tatiana, con apellido ruso que nunca me aprendí, se esmeraba, ¡al máximo!, como Gorki, en que sus conocimientos nos llegaran de la manera más didáctica posible, y, ocasiones, a los turnos le agregaba buenas pizcas de sazón lúdica.

-Hoy vamos a cantar – comentó sonriente una mañana mientras enchufaba a la corriente un pequeño reproductor de cassettes –. No van a tener problemas porque es una canción que todos, todos, hemos escuchado y conocemos. ¿Sí?

Quedamos en silencio aguardando la melodía que, apenas iniciada, enseguida identificamos.

-¡La canción de Cheburaska! – comentó alguien.

“Cheburaska” es un dibujo animado soviético, o ruso en la contemporaneidad. Representa a un animalito, no me queda claro aún la especie, que se hacía acompañar de un cocodrilo, del que no recuerdo el nombre. Podría buscar en GOOGLE y alardear de buena memoria, pero les soy sincero… ¡No recuerdo cómo se llama aquel buenazo reptil que interpretaba un acordeón!

Tatiana tenía razón. La melodía nos era muy familiar, pero… Una cosa era tararear la canción, y otra, diametralmente distinta, cantarla… ¡Y cantarla en ruso!

-Vamos, ¿quién se anima?

-Profe, que empiece Aldo que le gusta cantar – se escuchó desde el fondo a Mario Betancourt, unos de los alumnos aventajados en el idioma porque durante sus estudios secundarios, en la escuela Bernardo O’Higgins en el municipio habanero de Quivicán, había recibido la asignatura.

-¿Yo? – exclamé sorprendido augurando lo que me venía encima–.  ¡Qué yo ni yo, compadre! ¿Tú te volviste loco?

-Aldo, no viejo – ripostó Alfredo Rafael Hernández Cámbara – Aldo es gago. No vamos a terminar nunca.

-¡Aldo! ¡Aldo! ¡Aldo! – comenzaron a corear mis compañeros – ¡Qué cante el gago, sí señor, que cante el gago! ¡Eh! ¡Eh!

Con un gesto la profesora Tatiana me indujo a ponerme de pie delante de todos, y, repitiendo la acción del inicio de clases, apretó el PLAY de la grabadora y… La música volvió a invadir el recinto educativo.

Fue tanta la súplica del quórum que no tuve más remedio que dar el paso al frente.

Yo, que había decidido tirar a broma todo aquello, cerré los ojos, imaginándome Carusso o Pavarotti en la Scala de Milán, y cuando concluyó la introducción melódica, respetando al máximo, también como Gorki, las pausas y los compases de la composición infantil inicié mi interpretación, ¡si a lo que hice se le puede llamar interpretación!, creando, para vergüenza de Catalina II, Iván El Terrible o Pedro El Grande, un idioma completamente nuevo.

¡Y fui tan atrevido que en un momento dado pedí palmas al auditorio!

¡Y mis compañeros, atrevidos también, me secundaron!

¡Vaya que no pedí la clave cubana, así como Los Papines o Los Muñequitos de Matanzas,  y bailé con el tumba’o que tienen los guapos al caminar estilo Pedro Navaja, porque era muy difícil, pero si Tatiana me deja le hago un arreglo musical a lo Chucho Valdés!

-¡Aldo! ¡Aldo! ¡Aldo!

Una de las ovaciones más cerradas, muy pocas realmente, que he recibido en mi existencia fue al concluir tan burda interpretación.

-¡Y cantó el gago, sí señor, ya cantó el gago!

¡Hice hasta una reverencia al grupo que, puesto de pie, y, como yo, aguantando la carcajada, daba solidez a mi osadía.

-¿Le gustó? – le pregunté a la profe.

-No, no, no – acotó muy seria – Luberta, usted ha inventado la letra. Siéntese, por favor.

Son las 10:50 hoy, 16 de agosto de 2021, en todo el territorio paraguayo, y mientras escribo la anécdota tarareo la melodía de Cheburaska. ¡Tarareándola, claro!, claro, porque nunca la he podido cantar… ¡Y menos en ruso!

Bueno, la profesora Tatiana lo sabe.

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