“¡Subtenienteeeee!”

Créanme que escribo sin rencores.

Sinceramente, nunca sentí hacia su persona animadversión, antipatía, rechazo… Él era el subteniente Humberto Ubals, yo un alumno más en la Escuela Militar Camilo Cienfuegos de Capdevila.

Eso sí… ¡Nunca me perdonó el error que cometí al dirigirme a él estando en décimo grado! No lo hice por burla, sino por desconocimiento; aunque mi ingenuidad provocó que el mencionado oficial perdiera sus estribos.

Antes de iniciar el curso 1984-1985 tuvimos, entre el 23 y el 30 de agosto, días jueves, la llamada “Semana Previa”. En ese lapso nos entregaron todo lo referente a retaguardia (Uniformes, calzados, calzoncillos “matapasiones” blancos…), nos leyeron hasta el cansancio el reglamento de convivencia en la escuela, y, además de otros tópicos, mostraron el ascenso de grados dentro de las Fuerzas Armadas Revolucionarias.

Los militares, al menos en esa época, se clasificaban en suboficiales, oficiales subalternos, y primeros oficiales.

Entre los suboficiales estaban los sargentos que son tantos (De primera, de segunda, de tercera… ¡Qué sé yo!) y con estrellas tan pequeñitas que fueron, son, una tarea pendiente. Resumiendo, siempre estuve imposibilitado de distinguir los rangos entre los suboficiales.

¡Y eso que en la escuela había muchos!

Los suboficiales Guevara y Leyva, por ejemplo, ambos muy diferentes y siempre presentes en nuestra vivencias de muyyyyy diferentes maneras.

Con los oficiales subalternos (Subtenientes, tenientes, primeros tenientes y capitanes) y primeros oficiales (Mayores, tenientes coroneles y coroneles) la situación era otra, porque para diferenciar unos de otros nunca tuve problemas.

Aclaro, nunca tuve problemas pasado un tiempo dentro de la EMCC, pero en el estreno de exigua vida militar sí pasé serios sofocones.

¿Qué me sucedió con Ubals?

Lo siguiente.

Reitero, estando en décimo grado, ya concluida la semana previa e iniciado el curso iba, con ropa deportiva, hacia el campo de fútbol, con la intención, muy rara en mí, de correr “unas pistas”.

Muy orondo, con vestimenta de estreno, caminaba apresurado cuando…

-¡Alumno! ¡Preséntese!

Me doy media vuelta para corroborar si la orden iba dirigida a mí.

-¡Sí! ¡Usted! ¡Preséntese!

E identifiqué al subteniente Ubals que me hacía señas.

-¡A sus órdenes, suboficial! – grité asumiendo la posición de firme y comencé a acercarme al oficial subalterno con paso marcial.

Nunca me di cuenta de mi craso error hasta que… Uno… Dos… Tres… Cuatro… Cinco… Me detuve.

-Compañero suboficial…

-¡Suboficial nooooo! – interrumpió Ubals visiblemente molesto –. ¡Subtenienteeeee!

-¿Eh?

-¿Usted no fue a las clases de reglamento e infantería? ¿Se quedó dormido o qué? Es más… Lo dejo sin pase el fin de semana por no conocer los grados militares.

-Pero, ¿cómo va a ser eso? –. reclamé tartamudeando en extremo –. Solo me equivoqué…

-En las FAR no hay equivocaciones. ¡Usted va a ir a su casa cuando se aprenda los grados militares!

Realmente no me dejó sin pase. Ese viernes me fui a casa aunque vía telefónica les había dicho a mis viejos “no me esperen que me castigaron”. No olvido la alegría en mi seno familiar cuando me vieron llegar, ni el llanto de mi abuela, fiel devota de “el viejo”, abrazada a un retrato de San Lázaro agradeciendo que me haya traído de visita.

¡Santo milagroso, realmente! ¡Gracias a él me salvé de un encierro sabatino dominical!

Tiempo después comento lo sucedido con Sigfrido, amigo de los años, que su papá era militar, y me dio a entender algo así como que decirle suboficial a un subteniente era como una colosal ofensa.

No quise creer su teoría, pero siempre me llamó la atención un detalle: Cada vez que me encontraba con Ubals y le daba un parte, refiriéndome a él como “¡Compañero subteniente!”, dibujando una sonrisa, llevaba su mano derecha a la charretera izquierda

-¡Aprendiste! ¡Menos mal, pobre infeliz! – leía en su pensamiento.

A él no se le olvidó nuestro primer “cruce” y a mí muchísimo menos.

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