“Mi viejo no muere por COVID, sino por negligencia”

Siempre lo afirmo.

El dolor por la pérdida de un ser querido, sea este consanguíneo o no, es eterno e intenso, algo que me confirma mi compatriota Alberto Roca Álvarez, residente en Paraguay desde hace más de una década.

“Albertón”, como le suelo decir cariñosamente, llora la inesperada muerte de su progenitor, Juan Alberto Roca Jardón.

“Todo sucedió en poco más de una semana, y con mi viejo, allá en Santiago de Cuba, desde un inicio, fueron negligencias y carencias. Por ejemplo, nunca estuvo ventilado a pesar de que la saturación de oxígeno era menos de 80; lo que le daban de comer en el centro de aislamiento, por ejemplo, era comida para chanchos, para cerdos; lo mandaron a casa con UN PCR negativo, y te pongo otro ejemplo, a pesar de que los síntomas de la COVID eran cada vez más fuertes; y, lo más duro, quizás lo más triste, independientemente a su muerte, fue que tenemos las evidencias de que murió el sábado a la noche y su esposa, mi madrastra, lo supo el domingo porque pudo comunicarse telefónicamente con el hospital, de lo contrario no se entera el lunes, el martes, el miércoles…”.

Roca sin remilgos ni tapujos, sin ese temor a la libertad de expresión que embarga a muchos cubanos, sin la tendencia a la autocensura que los oprime, denunció el maltrato para que su papá recibiera en el centro hospitalario.

“No me importan las consecuencias. Si el gobierno no me deja entrar más a Cuba no me interesa para nada, solo quiero dar a conocer todo lo que mi viejo sufrió en sus últimos días”, señala emocionado.

“El teacher”, como también es conocido Roca entre la comunidad cubana por ejercer como profesor de inglés, destaca que, tristemente, “hasta para el entierro los problemas continuaron. Primero, tuvimos que esperar al lunes por la mañana porque los sepelios no se hacen a la tarde por la pandemia, una medida lógica en estas circunstancias; pero todo no queda ahí. Que si faltaba el ataúd, y conseguimos el ataúd, que si no había auto mortuorio, que finalmente apareció… En fin, lamentable todo lo que pasamos, y yo acá, prácticamente, de brazos cruzados, porque nada pude hacer”.

A pesar de la tensión del momento y de los asuntos tecnológicos, que suelen ocurrir en la contemporaneidad digital, tal y como pueden comprobar en la grabación, la conversación fluyó y Roca pudo narrar el calvario, tanto previo como posterior, a la muerte de su progenitor.

“Murió solito. Nadie estuvo a su lado. No se pudo despedir, y el papá no merecía eso. Sus minutos finales son una incógnita que quizás algún día sabremos, aunque no creo. Pero de algo si estamos convencidos: “Mi viejo no muere por COVID, sino por negligencia”.

¡En paz descanse, Juan Alberto Roca Jardón!

¡Para usted, gran hombre, gloria en el paraíso de los buenos amparado eternamente por un océano de luz!

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