Y me “decepcioné” de mi padre

Recuerdo la conversación, íntegramente, como si hubiese ocurrido el fin de semana recién culminado, sin embargo la plática data de 1977; tenía yo apenas 8 años de vida y cursaba el tercer grado en la primaria “Domingo Murillo” en Ciudad Escolar Libertad, bajo la égida, cariñosa y estricta, de la inolvidable Felicia Abreu Díaz, con su manojo de llaves, su olor a violeta, sus múltiples collares y su característico… Pssssss….

Milagrosamente me había ganado un distintivo, señal de que las buenas calificaciones, algo seguro en mí, se habían conjugado, ¡insisto milagrosamente!, con buen comportamiento en el aula. Si bien nunca fui un alumno falto de respeto u ordinario siempre he sido, a pesar de mi característica tartamudez, muy, pero muy conversador.

Soy de los que entable plática con cualquiera sin mediar el momento o la circunstancia, y esa característica, ¡obviamente!, molestaba mucho a Felicia que solía sentarme apartado del grupo para que mis inoportunas intervenciones no obstaculizaran el buen desarrollo de la clase.

En pocas palabras, para no molestar a nadie; ni a ella ni a mis compañeritos de curso.

Pero bueno, los astros se alinearon, y, seguramente, mi abuela hizo lo suyo con San Juan Bosco y San Lázaro, y me gané el distintivo, no recuerdo cuál porque había varios, y corrí a enseñarlo en mi casa.

-Mira, papá, lo que me gané.

-Ah, qué lindo – y cerrando el libro que devoraba con su lectura me dio un beso como premio –. Te felicito. Espero que no sea el último, porque a cada rato Felicia da quejas de ti.

-¿Tú te ganabas los distintivitos cuando fuiste pionero? – pregunté torciendo el rumbo del intercambio de opiniones para no seguir escuchando reclamos.

-Es que yo no fui pionero, mijo.

No esperaba la respuesta del viejo. Escuchar aquello hizo que el mundo se me viniera abajo. “¿Cómo este me exige buenas notas y buen comportamiento si no fue ni pionero?”, pensé fugazmente.

-¿Tú no fuiste pionero, papá?

-No – replicó echándose a reír –. Te juro que no.

La imagen que tenía del viejo continuaba desmoronándose.

-En mi época no existía eso de ser pionero, mijo.

Y aunque me explicó no me convenció. Solo el paso de los años me facilitó comprender lo afirmado por mi progenitor: “En mi época no existía eso de ser pionero”.

La anécdota, que hoy retomo, se dio a conocer en el mes de abril de 1985, a propósito del aniversario veinte de “Alegría de Sobremesa”. En los umbrales de mis 16 años escribí un texto, aún se conserva, pero que me fue imposible leer ante un abarrotado estudio 1 de Radio Progreso.

La emoción fue tanta que poco faltó para romper a llorar.

Bueno, algo parecido me sucede en estos momentos.

Aclaración: En esa ocasión Cuco, mi hermano, escribió sobre el viejo y sí lo pudo leer. Mi hermana Aleida también hizo lo suyo concibiendo, para la ocasión, el libreto del programa. ¡Un guión que admiró a todas y todos por su excelente factura!

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