Alabados sean los inmortales

Han sido meses de extremo dolor. La pandemia hizo que el mundo inclinara la cerviz ante su funesto capricho. Miramos al pasado, y constatamos que desde el mes de marzo de 2020 estamos inmersos en esta pesadilla; echamos la vista al futuro y, muy tristemente, rebosantes de incertidumbre, nos preguntamos: ¿Hasta cuándo, Dios mío, por qué tanta saña?

Tiempos en que seres queridos, allegados, partieron a la espiritualidad negándonos, en muchos casos, al menos, un cariñoso susurro, aunque ininteligible, que supla el tan ansiado abrazo de despedida.

Domeñados por el desconsuelo quedamos, no obstante, además, inspirados por el recuerdo de ella, o él, que quizás antes de tiempo nos abandonó físicamente tomando los inextricables rumbos de la eternidad.

¿Alegría?

Por el tiempo que la vida nos regaló a su lado. Por las tantas glorias desde el diamante.

¿Orgullo?

Por su expertiz y enseñanzas.

¿Motivación?

Por la secuela inspiradora que arrojó en su paso por la existencia terrenal.

Según Maximiliam Robespierre, escritor y político francés, la muerte es el comienzo de la inmortalidad.

Entonces, alabados sean los inmortales, los sempiternos que nos acompañan, con su bendita munificencia, a pesar de la partida definitiva.

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