Adalberto y su Son, la primera orquesta

“Alegrías de Sobremesa” siempre estuvo a mi lado, aun lo está, desde que tengo uso de razón, y no solo por el hecho de que mi padre escribiera los guiones que durante más de cinco décadas dieron vida al sketch, sino porque actores y actrices siempre, e incondicionalmente, apoyaron las actividades extracurriculares en los centros de estudios donde me formé.

Aurora Basnuevo, con su “Juan me tiene sin cuida’o”; Erdwin Fernández, interpretando al payaso “Trompoloco”; Rogelio Delgado, imitando, de manera sin igual, a cuanta especie animal existe, son recordados tanto por el plantel docente como por mis compañeros de clases.

Ellos, actores y actrices, en solitario o como parte de “Alegrías de Sobremesa” fueron disfrutados, de buena gana, lo mismo en Ciudad Escolar Libertad, que en la Escuela Militar “Camilo Cienfuegos” de Capdevila, que en la Escuela Interarmas de las FAR “General Antonio Maceo”.

¿En cuántas ocasiones?

No lo sé. Mi memoria es milimétrica pero ese dato no lo tengo, aunque sí puedo asegurar que fueron cientos de veces entre los años 1974 y 1988.

Recuerdo algunas, otras se me han olvidado, pero si existe una presentación de “Alegrías de Sobremesa” que desde el fatídico día de ayer tengo presente, fue la primera ocasión que ese prestigioso elenco pisó el teatro de la Interarmas.

Sucedió en el mes de septiembre de 1987.

“Vamos para allá el jueves con ‘Alegrías’”, me dijo mi madre vía telefónica. “Se van a grabar dos programas con Adalberto y su son, así que prepárense”.

¡Y llegó el tan anunciado día!

“Alegrías de Sobremesa” y Adalberto y su Son se hicieron presentes en la academia militar ante un público ávido de diversión; Adalberto y su Son con aquel trío inolvidable de cantantes, para mí uno de los mejores empastes de voces que hubo en la música popular cubana en la década de los ochentas: Félix Valoy, Héctor Anderson y  Ciso Guanche.

“Esperando que vuelva María”, “La distancia”, “El mal de la hipocresía”, “Mi negra se ha vuelto loca”, “Yo como candela”, “A cualquiera se le olvida un amor”…

¡Un éxito tras otro!

“¡Otra! ¡Otra! Otra!”, gritaba el respetable de pie con cerrada y sincera ovación, y el maestro, con su humildad de siempre, satisfizo la exigencia interpretando un número extra al concluir cada grabación.

“Por cierto, Aldito, ¡qué milagro que no sigues los pasos de tus viejos!”, me dijo sonriente, después de un efusivo abrazo, al ver mi vestimenta castrense.

“Oye, Luberta”, dile al viejo que nunca había visto este teatro así”, comentó el entonces teniente Roberto Quiala Alonso. “Se puso buenísimo. ¡Qué se repita pronto!”.

Caramba, distinguido Caballero, desde ayer rememoro esa primera, e inolvidable, presentación de “Alegrías de Sobremesa” en la Interarmas junto a su agrupación.

Gracias infinitas, maestro, ya nos veremos nuevamente porque, y lo sostengo, usted está entre nosotros.

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