“Por siempre Luberta”

Personalmente no conozco a Aylin.

Me invadió la sorpresa cuando en mi buzón de WhatsApp hallé el mensaje, de destinatario desconocido– con el código +53 identificativo de Cuba– en el que me solicitó ayuda para su proyecto.

¡Un documental de radio sobre la vida de alguien que amo la radio!

“Necesito que me envíe las respuestas en formato de audio”, fue su único imperativo, “es para mi tesis de periodismo”.

Reconozco que pese a su juventud, ¡es prácticamente una niña!, a esa inmadurez característica de la mocedad, las interrogantes fueron muy ocurrentes y bien direccionadas.

“Fíjate, voy a ser sincero. No tengo pena a hablar ni a grabar mis respuestas, pero no te sorprendas porque soy tartamudo. Y si a veces es difícil editar a alguien que habla normalmente, hacerlo con un gago se dificulta un poquito… Te repito, soy sincero. No hay de otra”.

El cuestionario provocó en mi un sinfín de sensaciones.

Me emocioné recordando a Alberto Damián, me reí con sus ocurrencias, pero sobre todo me demostró– tal y como Aylin plasma en los agradecimientos de su trabajo de diploma– que el viejo continúa acá, entre nosotros y su documental fomenta la impronta, en tiempo real, de quien por décadas logró arrancar una sonrisa a generaciones de cubanos.

“Por siempre Luberta” es una realidad, e independientemente que detrás de la realización hay todo un equipo – Orietta, que me vio nacer; Zenaida, mi amiga de los años; Ahmed, el hermano noble del archivo; Bruno, ¡hermano a prueba de balas, “beisbolista” como pocos!; y otros que no conozco pero a quienes doy mi abrazo sincero–,  no tengo palabras para agradecer a Aylin su gesto para con el tercer hijo de Celia y Armando.

Ya lo dijiste, amiga, “Por siempre Luberta”.

Está, lo estará por siempre.

En cierta ocasión parafraseé una frase de alguien que no conozco, y ahora lo vuelvo a hacer: En algún momento los que están por nacer preguntarán quién fue Alberto Luberta el hacedor de tantas alegrías en la sobremesa.

buscando encontrarán la respuesta: Una clase de gente… ¡Qué gente, caballero, pero qué gente!

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