El Latino repleto, la voz de Tony Veiga, Armandito El Tintorero…

Las imágenes se reproducen en mi memoria provocando un sinfín de emociones.

Llegan mi abuelo, mi viejo, mi hermano, el piquete del barrio marianense de Santa Felicia, mis amiguitos de Ciudad Libertad, el grupo de la CUJAE, los colegas de Radio Progreso, el equipo de realización de mi programa radial «Estrellas y Antorchas”, y, ¿por qué negarlo?, llegan también un par de lagrimones que, inevitables, corren por mis mejillas.

¡No lo puedo evitar!

Y es que Fernando Rodríguez Álvarez con su magistral compilación de las biografías de veintes estrellas del béisbol cubano de la década de los ochentas, indefectiblemente, provoca en el lector un traslado, ¡inmediato!, a la nostalgia por las décadas transcurridas.

¡Play ball! ¡Comienza mi juego imaginario!

Ahora mismo estoy sentado en un estadio Latinoamericano- sito en la barriada habanera del Cerro-, muy, pero muy cerca, del legendario “Armandito El Tintorero”, escuchando la voz de Tony Veiga- otro legendario- anunciando a qué jugador corresponde el turno al bate o creando tensión entre las huestes dando a conocer los resultados de otros partidos con su mítica y tan esperada frase: “Atención. Información a los aficionados…”.

Existe añoranza, es cierto, pero, al mismo tiempo, Fernando nos recuerda que el privilegio también se hace presente. Esa preeminencia de haber sido protagonistas de tantos acontecimientos que forman parte de la profusa cronología de las Series Nacionales del béisbol cubano.

Admiré a cada jugador seleccionado por el autor en su publicación; en mi intento de ser beisbolista- tuve una carrera fugaz e intrascendente dentro de los diamantes- varios de ellos se convirtieron en paradigmas; empero, el ejemplo de todos, sin excepción, me gratifica profundamente y…

Disculpen, mi juego imaginario llegó a su clímax.

Arocha, desde el montículo, observa las señas de Pedro Luis; Euclides calienta el brazo en el bullpen; “Tati” Valdés, Leocadio, Ajete, Alemán han dicho que, de ser necesario, están listos para salir a lanzar a pesar de los pocos días de descanso; Junco corre en segunda, Zamora en primera bajo la mirada atenta de O’Reilly que conoce su asombrosa rapidez; Linares, Víctor, Gourriel y Verde animan a su lanzador que recuerda lo ocurrido con Kindelán en la tarde del 12 de abril de 1987 aquí mismo, en el coloso del Cerro; Pacheco, “El capitán de Capitanes”, espera su turno… Todo sucede vertiginosamente, mientras Darcourt, Contreras, Costa y Juanito, desde otra dimensión, desde la espiritualidad eterna, experimentan un sano orgullo de ser parte, indisoluble, de esa pléyade de excelentes jugador de béisbol y de una época que tanta morriña provoca en los fanáticos.

Gracias, Fernando.

Aldo Luberta Martínez

PD: En un rato les cuento cómo termina el partidario.

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