Archipiélago

A Orwell, con humildad, respeto y agradecimiento

Caminó bajo las insoportables altas temperaturas características de la época estival caribeña.

-Calor húmedo– pensó Yosuam mientras las gotas de sudor empapaban su raída camisa–. Todavía me restan unas treinta cuadras para llegar al MINSUG. ¡Demonios!

Sobrevivía, como tantos otros, al hambre, a la sed y a las mismas consignas, vacuas, pueriles.

-Nada de comer. Nada de beber. Nada nuevo para leer. Tengo la boca seca pero estoy obligado a llegar al MINSUG.

Minutos antes había acudido al MINPANGAT– el Ministerio de Panes y Galletas –, buscando una ración extra de panificados, pero “lo sentimos, compañero, usted consumió la ración correspondiente al mes”;  luego se dirigió al MINPROCAR – el Ministerio de Productos Cárnicos–, pero en vano también. “Su rango no califica para nuestros productos, compañero, lo sentimos mucho. Usted lo sabe y si regresa tendremos que informar al equipo de El Gran Ingeniero sobre su falta”.

-Si el Gran Ingeniero ha sabido multiplicar los panes y los peces, también sabrá valorar mi propuesta. Y si valora mi propuesta, entonces tendré derecho a comer algo de proteína animal.

El MINSUG había surgido, como toda entidad de la isla, por designio de El Gran Ingeniero.

Décadas atrás las órdenes las daba El Gran Compañero, luego El Hermano De El Gran Compañero, y, finalmente, El Gran Ingeniero se había convertido “en la continuidad” de sus antecesores.

El MINSUG era el muy concurrido Ministerio de las Sugerencias donde cualquier ciudadano podía ofrecer recomendaciones de cambios sobre un punto que considerase interesante “siempre y cuando se constriña a los preceptos que impulsan nuestro sistema social”.

-Así dijo El Gran Ingeniero y así haré.

Se alegró cuando la imponente sede de la cartera estatal surgió en la lejanía.

-Ya llego.

Unos metros más y, rápidamente, venció los escalones que separaban la acera del acceso principal.

-Buenos días, compañero.

-Buenos días– respondió el custodio y con una seña le indicó la mesa donde sería atendido.

Caminó breve hacia su punto de destino.

-¿Qué se le ofrece? – preguntó una vetusta señora con el desgano que caracteriza a los funcionarios públicos.

-Vengo a formular una sugerencia.

-¿Estuvo por el MINAP?

El MINAP o Ministerio de la Aprobación, otras de las fastuosas creaciones de El Gran Ingeniero, encargado de vetar o aprobar las sugerencias ciudadanas según lo establecido en la Carta Partidista, nombre con el que había sido bautizada la Constitución Nacional.

-Sí, compañera, yo cumplo con los requisitos. Acá traigo el documento que avala mi propuesta.

Y entregó a su desganada interlocutora un sobre perfectamente lacrado.

Esta lo tomó, apenas, con la punta de los dedos. Lo olió varias veces. “No me puedo confiar. El enemigo puede estar en cualquier parte”. Lo observó a trasluz… “No hay contratiempos”, pensó. Abrió el envoltorio, extrajo de su interior una hoja de papel y la leyó detenidamente.

A medida que avanzaba en la lectura su arrugado rostro, mostrando complacencia extrema, dibujaba una mueca más que una sonrisa.

-Muy bien, compañero – agregó la funcionaria satisfecha –. ¿Dónde usted trabaja?

-En el MINCONG.

Cuando El Gran Ingeniero anunció la creación del MINCONG, la población saltó de alegría. Enseguida pensaron en el regreso de los carnavales y sus arrolladoras comparsas, a lo largo del malecón, al compás del contagioso ritmo de la rumba, pero no. El Ministerio de la Conga se había creado, precisamente, para ejercer un control excesivo sobre la ciudadanía que comenzó a quejarse, muy discretamente evitando consecuencias, porque “nos están llevando a paso de conga”.

-Pues le anuncio que con esta propuesta usted puede lograr un puesto o en el MININTE– El Ministerio de los Interrogatorios–, o en el MINESPIOCIU–, El Ministerio de Espionaje Ciudadano.

-No busco puestos de trabajos de importancia – acotó mintiendo–, solo quiero que se acepte mi propuesta. yo también soy continuidad.

-Aguárdame cinco minutos.

La funcionaria pública se levantó de su sillón, caminó por el largo pasillo y se detuvo frente a una puerta marcada por el número 1159. Tocó quedo y esperó respuesta.

-Adelante – le indicaron desde el interior.

Abrió y surgió el encargado de cuños del departamento que tenía su cargo todo el papeleo dentro del MINSUG.

-Permiso. Vengo para darle entrada a esta sugerencia.

Cerró la puerta y avanzó hasta la mesa de trabajo.

-¿De qué se trata?

-Lea usted mismo – y le entregó el documento a su colega.

-Dígame usted. No estoy para lectura.

-Es un chico de nombre Yosuam. Sugiere que nuestra isla deje de ser archipiélago porque esa palabra demasiado incita a la violencia contra El Gran Ingeniero. Sugiere que nuestras islas no pueden ser un archipiélago. Que la palabra archipiélago tiene que ser eliminada de todos los libros, de todos los periódicos, de toda publicación existente en el territorio nacional. Y aquel que ose violar el decreto sea duramente castigado por las leyes. Que en las escuelas se enseñe que somos un grupo de islas en el mar Caribe pero sin mencionar archipiélago. ¿Qué le parece?

-Le va a gustar al El Gran Ingeniero.

La funcionaria extendió el documento y el responsable de cuños eligió.

-Aprobado, compañera– agregó estampando el sello–. Hay que avisar al equipo de El Gran Ingeniero para que comience el proceso de dejar de un archipiélago. Dígale al chico que puede pasar por el MINDEG– El Ministerio de la Degustación –, que Mariela, la secretaria de El Gran Ingeniero, le invita a mariscos embadurnados en salsas de los Alpes. Dígale que coma discreto, no está acostumbrado a esos manjares; y recuérdele que durante la degustación están prohibidas las fotografías y sacar una bolsa para llevar alimentos sobrantes. Deséele buen provecho.

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