Vergüenza

“Pendulito” era su alias.

-“Pendulitooooo”– y el llamado, burlón, le hace correr despavorido–. Corre, “Pendulito”, corre.

Demasiada vergüenza. Se había convertido en la chanza constante hacia “Los péndulos”, apodo con el que fue bautizada su familia.

-El abuelo… Ese fue mi gran amor– comentaban no pocas ancianas en el barrio–. Imagínate que le decían “Péndulo de reloj”. A mis años me excito de solo pensar en él… ¡Qué Dios lo tenga en su santa gloria!

-El viejo “Péndulo” murió en su ley.

-Ojalá yo muera a los ochenta años de un infarto masivo y con una niña de veinte en la cama.

El muchacho creció arropado por la fama del padre de su padre. Estaba muy orgulloso de ser parte de “Los péndulos” y las chicas curiosas suspiraban intrigadas por saber si, en realidad, había sido fiel heredero de su antepasado.

-Se le cayó el cartelito.

-Es la oveja negra de la familia.

“Pendulito” que impulsado por ideas de izquierda, junto a un grupo de otros impulsados por ideas de izquierda, se fue hacia la residencia de una vecina de los años. Su no tendencia a ideologías de izquierda le había hecho manifestar, valiente y públicamente, su descontento con las políticas gubernamentales.

En la turba afín al ingeniero especializado en detectar y clasificar gustos musicales, estaba “Pendulito”. ¡Infaltable al llamado de las organizaciones de masa!

En cada demostración de continuidad, era el que más gritaba, el que más ofendía, el que le recordaba a su amiga de los años las supuestas bondades de un sistema que, cada veinticuatro horas, hundía la isla unos centímetros más.

-¡Gusana! ¡Apátrida! ¡Vendida al imperio! ¡Escoria!

Gritaba enaltecido.

-¡Sal, que te vamos a arrastrar!

Digamos que “Pendulito” llevaba la voz cantante en el tumulto que arremetía, inhumanamente, contra una frágil mujer por el solo hecho de pensar diferente, cuando…

-¡Tú vas a ver ahora!

Decidido, hizo deslizar la cremallera del pantalón y exhibir, impúdicamente, sus dimensiones viriles.

-¡Así la tenemos los revolucionarios!

Se hizo silencio. Silencio absoluto.

-¡Así la tengo para…

No pudo continuar la obscenidad.

-Si vas a defender la revolución con esa cosita, mejor conviértete en disidente– le sugirió Pancho, el presidente de su CDR.

Miró en derredor e intentó poner, el falo proveído por Mamá Natura, a buen resguardo, pero a destiempo.

-¡Este no es “Péndulo” es “Pendulito! – exclamó burlona una de sus aliadas y el acto de repudió se convirtió en un auténtico ludibrio hacia su persona.

Dicen que a partir de ese momento se le nota callado, taciturno, y echa a correr, envuelto en pánico, cuando escucha… “Pendulitooooo”.

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