Machado Ventura: «Me tengo que ir a la cola de las papas»

La burla, vía Twitter, de la ex Primera Dama de Cuba– a pesar de que su cónyuge continúa ocupando la silla presidencial– sobre cómo afectan los apagones en Cuba a la familia Díaz-Canel Cuesta, me hizo recordar una situación similar que Loy, gran amiga, protagonizó con José Ramón Machado Ventura, uno de los líderes jurásicos del proceso instalado en la isla desde el 1 de enero de 1959.

Mi allegada residía en el edificio Alaska, una imponente edificación, blanco de la desidia. El proceso de abandono de la extinta elegante obra edilicia que la decisión, como ocurrió y para muchos salomónica, fue provocar su demolición.

Loy vivía en el Alaska, junto a otras tantas familias, con sus hijos pequeños. A ella, y– repito–, a las otras tantas familias, le preocupaba el estado de la obra arquitectónica por lo que comenzó a «revolver cielo y tierra» en busca de una solución.

Llamadas, entrevistas, cartas a los tantos departamentos de «Quejas y Sugerencias» que nada resuelven y pululan en las instituciones públicas habaneras, rebosaron la gestión de Loy.

«Un día se va a caer y nos vamos a morir todos», me comentó un día, «entonces, y como siempre sucede en Cuba, van a empezar los corre corre y las lamentaciones. Pero cuando eso suceda vamos a estar todos muertos».

Otra sarta de llamadas, de entrevistas, de cartas, y… ¡como caído del cielo! Un amigo– haciendo valer la frase de Arquímedes que afirmó «dadme un punto de apoyo y moveré el mundo»– le contactó con la oficina de José Ramón Machado Ventura.

El día tal del mes tal del año tal– no recuerdo exactamente la fecha solo que han transcurridos más de veinte años de la anécdota–, Loy se presentó en el lugar y, en efecto, fue recibida por el entonces septuagenario dirigente – en la actualidad Machado Ventura, nacido en 1930, continúa siendo dirigente solo que su condición de septuagenario se trastocó en nonagenario.

«Llegué, me senté y le conté todos los problemas del Alaska y que está punto de convertirse en un cementerio».

Dice Loy que fue escuchada atentamente, «hasta fingió interesarse por lo que estaba diciendo», y al concluir Machado repitió el mismo discurso de justificaciones característico de la dirigencia en la isla: el bloqueo, el imperialismo, la caída del campo socialista…

Machado hablaba y, me dice Loyd, a mi amiga se le caían las alas del corazón. «Tuve deseos de levantarme e irme y dejarlo con la palabra en la boca», no obstante, la ira de Loyd la desató el colofón de la verborrea que identifica la prosapia revolucionaria: «Loy, tiene que entender que los problemas son muchos. Todos tenemos problemas. Mire si es así que hablo con usted pensando en llegar que cuando llegue a casa me tengo que ir a la cola de las papas».

Loy, visiblemente molesta, miró a su interlocutor, susurró «gracias», se levantó y se fue.

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