El querido Pablo, el Pablo querido y la bofetada a la estupidez

El pastor luterano alemán Dietrich Bonhoeffer aseguró que «la estupidez es el enemigo más peligroso para las buenas personas, incluso más peligroso que la maldad. Contra la estupidez no existe nada que se pueda hacer porque personas no dispuestas a escuchar actúan sin criterio ni raciocinio».

Traigo a colación el pensamiento del ilustre intelectual teutón después de disfrutar fragmentos del concierto– unos me enviaron amigos, a otros accedí vía internet– ofrecido por el cantautor cubano Pablo Milanés en los predios de la Ciudad Deportiva de La Habana.

Días previos a la presentación el fenómeno de las «ciberclarias»– ejército de oportunistas con muy limitada capacidad retórica– inició sus acostumbrados ataques contra la figura del excelso trovador.

«Traidor», «agente de la CIA», «está pagado por el imperio», «Cuba es para los revolucionarios»… esas, y otras frases más soeces, son parte de las expresiones que esa recua de aduladores del gobierno cubano, que responden más por estupidez que por maldad escudados en falsos perfiles del ciberespacio, empleó en un intento de denostar a un icono de la cultura de la isla.

Soy partidario de la libertad de expresión, es uno de los motivos por lo que a diario lucho, pero, PERO, tenemos, TENEMOS, que saber diferenciar el uso de ese derecho universal y el acto de arremeter, COBARDEMENTE, contra alguien, en muy duros términos, por el hecho de exteriorizar ideas de manera diferente.

Pablo es una figura indiscutible. Pablo nos hizo soñar y no pocos podemos deletrear cada una de sus canciones pletóricas de vibrante poesía porque ellas viven ahí, en la estructura mental de nosotros. Pablo es algo así como una colosal representación de lo magnífico, una efigie que indefectiblemente evoca etapas en la vida de varias generaciones; por eso es nuestro Pablo querido, por eso es nuestro querido Pablo, por eso ocupa un espacio no tan breve en cada corazón.

En Cuba emitir criterios en oposición al discurso oficial es un delito, y Pablito cometió el pecado de exponer públicamente su inconformidad con la política del régimen.

Es cierto que el insigne músico, independientemente de ser víctima de los desmanes cometidos por el gobierno en la década de los años sesenta, fue uno de los símbolos de la revolución; pero también es cierto que haciendo uso de la evolución de pensamiento decidió desacatar viejos e inservibles dogmas y, sin echar a un lado la cubanía, alzó su voz a favor de una Cuba sin represión, sin un único partido, y con libertades de expresión e ideológicas.

«No nos representas», «mejor quemo sus discos», «para mí no vale nada», «es un oportunista que le hizo un guiño al capitalismo» «tenemos que estar alertas porque algo trama con su concierto»…

Pablo dio su concierto ante miles de seguidores. Pablo, de setenta y tres años y residente en España, con su humildad característica, conmovió, quizás por última ocasión, a un abarrotado Coliseo habanero que coreó, delirantemente, cada una de las interpretaciones.

No estuve. Vivo lejos, muy lejos de mi Habana, y me fue imposible asistir. Soy de los tantos que no disfrutó en vivo de la presentación, pero lo anterior no es óbice para darme cuenta de que Pablito le dio una bofetada a la estupidez, a esos seres humanos, despreciables, que rezuman odio y hace mucho tiempo se convirtieron en herramientas abrazando su proba necedad.

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