«Me fui a casa de Ramirito» (Según mi pensamiento distópico)

De verdad me sorprendí.

Por poco me caigo para atrás cuando me dijeron que estaba incluido entre los invitados a la casa de Ramirito. Pensé que era un error, pero no. Una compañera del Consejo de Estado fue la encargada de confirmarme de mi elección.

«Lo van a pasar a buscar por la plaza de Marianao a las 06:00. La recogida es temprano porque la actividad va a durar todo el día. Tiene que ser puntual. Se va a disponer de desayuno, almuerzo, y cena para los asistentes. Prohibido llevar teléfonos celulares y si los lleva se les retira a la entrada y se les devuelve a la salida. No se pueden grabar audios ni videos ni tampoco tomar fotografías. Al concluir,  a manera de recuerdo, un fotógrafo designado va a tomar una fotografía como recuerdo de tan inolvidable velada y a cada uno, oportunamente, se le hará llegar una copia. Eso lo aprendimos del líder de Corea del Norte Kim Il-sun, que en gloria esté. Está también prohibido sacar una bolsa y llevar alimentos a sus casas. Despreocúpese, es feo pero todos lo hacemos. ¿Hasta ahí me entiende? Buenísimo. Quizás no sepa el objetivo del encuentro. El compañero Ramiro quiere hablarles a ustedes de nuestro pueblo, pueblo eminentemente revolucionario con capacidad de sacrificio y voluntad de hacer; y, a su vez, reiterar que es imposible vivir por encima de nuestras capacidades energéticas. Los presentes tienen oportunidad de formular una pregunta; pregunta que me a transmitir a mi por esta vía, para a su vez yo hacérsela llegar a un equipo del Consejo de Estado y, si es aprobada, se le pasa por escrito al compañero Ramiro. El sistema de trabajo es, evitando improvisaciones y malos momentos viendo que se trata de un anciano, es que el compañero Ramiro lea la pregunta, el nombre de quien la formula, y posteriormente responda. Su pregunta no me la tiene que decir ahora, mañana lo puedo llamar nuevamente a la hora que le convenga. Las preguntas versan sobre el tema a tratar: el sacrificio del pueblo cubano, la voluntad de hacer de la población… bueno, usted sabe».

«¿Yo en casa de Ramiro?», me preguntaba mil veces. «¿Será verdad?», me volvía a preguntar.

Miles de dudas me pasaban por la cabeza hasta que, efectivamente, me vi en la mansión de Ramirito

El desayuno transcurrió entre panes franceses, lonjas de jamón serrano, chorizos españoles, variados tipos de queso, carnes frías, mermeladas, tazas de leche – con eso de la leche me sentí un niño de siete años – y una marca de café que no conocía, «La llave», que según mis primos se produce en Estados Unidos.

«Quienes movemos los hilos de la revolución somos inteligente y sabe que quien hizo la ley también hizo la trampa y por eso siempre buscamos la manera de burlar el brutal bloque que nos tiene impuesto el imperio».

Nosotros en silencio escuchábamos a Ramiro que hasta ese momento solo contaba anécdotas de la lucha contra Batista en las que, muy llamativamente, siempre era el héroe. Yo me emocioné. Se me saltaron las lágrimas. Tuve deseos de darle un abrazo, pero la compañera del Consejo de Estado me aclaró que «nada de abrazos. Solo se le da la mano al llegar y al salir».

Reconozco que me aburrí.

Tantos cuentos, muchas de las historias ya las conocía porque se repiten y se repiten, hizo que me desconectara de Ramiro – tiene una voz muy tediosa – y me dieron ganas de bostezar. «¿Lo hago o no lo hago? ¿Lo hago o no lo hago?», pensé y… ¡lo hice discretamente!

¿Discretamente?

«¿Tiene sueño, compañero? ¿Está aburrido?» me preguntó el mismísimo Ramirito. «No, para nada», mentí al responder – total ellos mienten más que yo y nadie les pide cuentas. «Es hambre entonces. Dentro de un rato vamos a almorzar, pero antes vamos a dar un paseo en uno de mis yates», concluyó nuestro anfitrión.

Primera vez en mi vida que me monté en un… bueno, Ramiro dijo que era un yate pero para mí aquello es un crucero. Maravillosa experiencia porque el almuerzo fue en altamar. Paella con pescados y mariscos, masas de cerdo fritas, chicharrones de cerdo crocantes, tamal en hoja, tamal en cazuela, carne vacuna estofada, arroz congrí, arroz blanco, potaje de frijones negros, potaje de frijoles colorados, potaje de garbanzos, yuca con mojo, plátanos fritos, frituras de malanga, refrescos, cerveza fría…

«¡Cómanselo todo».

¡El ambiente era perfecto para hablar del sacrificio del pueblo cubano!

«¿Algún postre? Dulce de coco, de frutabomba, casquitos de guayaba, varios tipos de helados “Coppelia”…», preguntó la chica que atentamente estaba al tanto de los pormenores de la velada. «Quiero probarlos todos», contesté sonriente. «Aunque me reviente los voy a probar todos», pensé y miré en derredor llegando a una conclusión: «no soy yo solo. Todos ellos también quieren probar cada uno de los postres aunque se estén reventando».

Como a las tres horas regresamos a tierra.

A bordo del yate, crucero para mí, Ramirito nos habló de la necesidad de sacrificarse y de ser austeros. Su discurso, que en no pocos momentos arrancó aplausos y vítores,  tuvo mucha carga de emoción «Esta es una revolución humilde, no se les olvide», nos comentó enérgico.

Apenas respondió tres o cuatro preguntas entre las que no estaba la mía. ¡Pero, qué me importaba a mí! ¡Con la barriga llena como hacía tiempo, o como nunca antes, mi corazón estaba más que contento!

Después de un paseo por la casa, por la mansión, en el que Ramirito nos hizo recordar a Eusebio Leal y su programa televisivo «Andar La Habana» regresamos a la mesa.

En mi mente sacrificada pensé que nos iban a recalentar lo que sobró del almuerzo en el yate, o en el crucero, pero… ¡qué equivocado estaba!

«Lo que sobra se bota. Yo no puedo comer nada recalentado porque tengo gastritis, y aunque estoy controlado con los buenos medicamentos del “Cira García”, el CIMEQ y que manda mi hijo de Estados Unidos no me gusta tener una recaída».

La mesa buffet que nos esperaba solo contenía platos exóticos: carne de caguama, de cocodrilo, de venado, huevos de codornices… «y esto que ven acá es carne de jutía y de avestruz, un regalo que me hizo mi gran amigo y hermano de luchas Guille García».

Han transcurrido dos semanas de aquello y de tanto que comí todavía me siento lleno.

Yo me porté bien, cumplí con todo lo advertido por la compañera del Consejo de Estado así que espero regresar pronto. Pero eso sí. Hace dos semanas le estoy dando vueltas al pedido de más sacrificio y austeridad que hizo Ramirito… Está el pedido, pero no sé cómo cumplirlo.

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