Ayuda para continuar dando amor

El barrio «Chacarita» de Asunción es uno de los primeros lugares pintorescos que visité tras mi llegada a Paraguay el 6 de marzo de 2006.

Por sus humildes calles nos condujo, a mi esposa y a mí, el colega y amigo, gran hermano de labores, Aníbal Emery. Del lugar, precisamente, lejos de sus angostas calles y vetustas construcciones, me llamó la atención que, independientemente a las críticas condiciones económicas de su entorno, los pobladores, la gente que constituye el yacimiento más preciado de cualquier urbe, reciben al «extraño» con una sincera y cordial sonrisa.

En poco más de tres lustros, mi esposa y yo– responsablemente la incluyo–, hemos establecido estrechas conexiones con la barriada más popular y populosa de la capital paraguaya.

Para muchos no somos «los cubanos que llegaron de lejos y les damos la bienvenida, hermanos extranjeros»; en todo este tiempo ya nos constituimos, a pesar de no residir en el lugar, como unos más entre ellos.

A «Chacarita» mucho agradecemos, como por ejemplo el fomento de nuestro acervo cultural guaraní, y por «Chacarita», por «La Chaca», hago este pedido de ayuda.

Se trata de un núcleo familiar en extremo humilde, constituido por mamá, papá y seis menores de edad. «Súmale siete», me dijo anoche sonriente, «no te de olvides que mi esposa está en estado».

Los ocho, que muy pronto serán nueve, residen en un pequeño espacio; los once comparten las estrecheces arquitectónicas y económicas que… disculpen mi error: no son ocho personas son once.

Les explico.

Ella tiene una hermana. Una hermana, que recientemente cumplió condena por consumo de drogas, y es madre de cuatro pequeños. Una hermana, madre de cuatro hijos– como ya referí–, cuyo esposo aún guarda reclusión en un centro penitenciario también por consumo de drogas.

«Mi cuñada vive en la calle. Tiene casa pero lo ha vendido todo para comprar drogas. ¡Imagínate! Entonces, hace como tres meses, mi suegra nos dejó en la casa a tres de los hijos de mi cuñada. Son cuatro, pero la mayor, que tiene catorce años, vive en casa de una amiga. El único sueldo que tenemos es el mío y yo gano salario mínimo. Mi señora la lucha, la rema muy duro; ella es artesana y hace sus cosas pero no hay ventas. Mi salario no alcanza para alimentar a once personas. Vivimos de la libreta del almacén. Nosotros, nos fían y a final de mes pagamos. Pero en el almacén no siempre hay lo que necesitamos y nosotros no tenemos para comprar en los supermercados. Hace una semana no pude tomarme un poco de café porque no tenías mil guaraníes (Para una mejor comprensión aclaro que el dólar, actualmente, se cotiza a 6.820 guaraníes). A final de este mes mi hija mayor cumple quince años y no vamos a poder hacerle nada porque no tenemos. Ella es buena niña, buena hija, nosotros como padres queremos pero no podemos. No pedimos dinero, Aldo, pedimos alimentos no perecederos, alguna ropa de uso, algo que nos ayude. Cualquier ayuda será bien recibida porque necesitamos hasta los más mínimo. Hemos acudido a instituciones gubernamentales y nadie nos escucha. No nos gusta pedir, pero no podemos tener tres niños más aunque queramos. Y, mira, si la ayuda no aparece nos veremos en la obligación de entregar los hijos de mi cuñada a un hogar que los pueda tener. No queremos hacer eso con esas tres criaturas, pero no podemos. Pido ayuda, por favor».

Por razones obvias he omitido los nombres de ella y de él– los interesados pueden contactarme por vía privada–, pero reitero el mensaje, la imperiosa solicitud que hacen para continuar dando amor.

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