«Luberta, usted no ha demostrado ser un buen cadete»

«Estudien para mañana. El examen de infantería no viene fácil».

Fue la advertencia, pero, como era de esperar, a la velocidad de la luz me entró por un oído y me salió por el otro.

«Habrá dos preguntas prácticas y una teórica. Para le teórica tienen que leerse el reglamento militar».

Si hay algo que considero aburrido es el manual que rige el orden en las unidades militares de las FAR en Cuba. Soy adicto a la lectura, cualidad inculcada por mis padres desde que comencé a andar por este mundo. A ellos, a Caridad y a Alberto Damián, agradezco el trabajo de «hormiga», además en ese aspecto, para con mi hermano y conmigo; no obstante, soy enemigo a las imposiciones hasta si de literatura se trata.

Otro dato para comprender la anécdota que pretendo narrar.

En sexto grado Alberto Aguilar Ríos, mi inolvidable profesor guía, nos enseñó a elaborar una respuesta a través del llamado método de asociación. «Vale en las asignaturas de letras», nos comentó, «si se quedan en blanco piensen en el objetivo de la pregunta y comiencen a enumerar lo que se asocia a él. Si siguen el consejo, darán una respuesta aproximada y no van a perder tantos puntos. Si dejan la pregunta en blanco ahí sí hay problemas».

Con esa premisa, sazonada por la confianza que siempre he tenido en mi buena memoria y e impulsado por mis nulos de deseos de leer el reglamento militar de marras, decidí enfrentarme al examen de infantería.

Frente a mi Bombino, alias «Bombillo» por su apellido, ¿subteniente? ¿teniente?– no recuerdo en exacto su graduación. Un oficial muy alto y delgado, también le decíamos «Vara de tumbar gatos», que indefectiblemente siempre exhibía pulcritud extrema en el porte y aspecto entiéndase como la manera de llevar el uniforme castrense.

Bombino fungió como examinador y me entregó la boleta correspondiente.

«Cadete Luberta», dejó escuchar respetuoso, «en ese papel está la pregunta teórica, las prácticas van a surgir en el momento pero no es nada que usted no sepa».

Leo la hoja que tenía en las manos: «¿Qué entiende por disciplina militar?».

«Pero esto es una bicoca», pensé triunfal y dirigí una optimista mirada al ¿subteniente? ¿teniente?

Bombino asintió en silencio y comencé yo a responder según mi método de asociación.

«La disciplina militar es… blablablá. Por consiguiente… blablablá. Porque es lo que permite… blablablá. Además, tenemos que tomar en cuenta que… blablablá. Por eso, el lugarteniente general Antonio Maceo, el insigne «Titán de bronce», dijo muy certeramente, que no podía estar en un lugar donde no rigiesen el orden y la disciplina militar. Concluyendo, la disciplina militar… blablablá».

Estuve unos diez minutos «disertando» sobre el concepto de disciplina militar.

Mi verbo intermitente– recuerden que soy tartamudo– fluyó asombrosamente fácil y, de manera feliz– al menos pensaba yo– mis «blablablá» habían convencido a tan riguroso examinador.

En los umbrales de los diecinueve años la capacidad retórica que poseía no era muy vasta, pero sí convincente– repito, al menos pensaba yo.

-¿Terminó? – preguntó Bombino con voz grave.

-Sí, compañero ¿subteniente? ¿teniente?

-Muy buena su introducción.

Yo no podía creer aquello.

-¿Mi introducción?

Sí, cadete Luberta; usted ha demostrado dominio del tema, pero no me ha respondido con la definición de disciplina militar que consta en este libro– y me mostró el reglamento que sostenía en sus manos.

-Pero… ¿usted pretende que yo me aprenda el reglamento de memoria?

-Como todo futuro oficial de las FAR.

-¿Y dónde queda la interpretación? Usted, yo, cualquiera… al leer un texto determinado lo asume de manera individual– expuse defendiéndome como gato bocarriba.

-Tiene cinco minutos para que yo escuche la definición de disciplina militar que está aquí– y me volvió a mostrar el reglamento.

Lo miré fijo no buscando compasión sino una señal de la divina providencia que me sacara del aprieto.  Exprimí mis neuronas, encaprichadas en hacerme una mala jugada, pero… «¡Fidel Castro me va a salvar!».

-Compañero ¿subteniente? ¿teniente?, ¿le puedo hacer una pregunta?

-Puede.

-Usted, revolucionario íntegro y miembro de nuestras gloriosas fuerzas armadas, ¿está al tanto de los discursos del comandante en jefe?

-¿A qué viene eso?– preguntó Bombino un tanto desconcertado.

-¿Me puede responder?

-Sí, los veo por televisión, o los escucho por radio, y luego los leo en el periódico, los analizo.

-¿Usted se los aprende de memoria?

A Bombino le cambió la mirada y capté que estaba a un paso de sucumbir ante mis argumentos.

Silencio.

-No dudo de su capacidad, de su memoria, pero si usted es capaz de repetir, al dedillo, los discursos de Fidel entonces, humildemente le recomiendo, que deje la vida militar y vaya a trabajar en los servicios taquigráficos del Consejo de Estado. Ahí tiene un futuro prominente.

Silencio.

-¿Tengo no tengo razón? Yo apliqué la interpretación y le hice saber mi concepto de disciplina militar.

-Después de los ejercicios prácticos Bombino me hizo saber la calificación.

-Tres puntos.

-¿El mínimo? ¿Por qué?

-Luberta usted no ha demostrado ser un buen cadete. ¡Retírese!

En días posteriores me llegó el runrún, runrún que nunca comprobé, de que el teniente Francisco Ancízar le comentó al ¿subteniente? ¿teniente? Bombino: «¿tú ves que Luberta es gago; bueno, te soy un consejo. Nunca lo dejes hablar porque ese es capaz de convencerte de que Cuba está en un Europa y de que España está en África».

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