«Es Abel Sarmientos, ¿no se dan cuenta?»

A pesar de que en el 2019 sobrepasé las cinco décadas de vida, la vista me responde.

Puedo afirmar, sin vanagloriarme, que he podido burlar, con creces, la fastidiosa presbicia; esa «maldita» condición que a partir de los cuarenta y tantos se adueña, sin licencia de uso, de muchos seres humanos obligándoles a echar mano a anteojos – entiéndase espejuelos – para poder percibir con nitidez las imágenes que poco tiempo antes admiraba sin ayuda.

No obstante, cuando mis ojos se «tropezaron» con la pantalla del ordenador tuve que achicarlos – achicarlos bastante, por cierto – ya que intenté identificar el exatleta – aún no lo consigo – a quien estaba dedicado el artículo de la publicación cubana «Trabajadores».

«No puede ser», pensé, «no puede ser que un deportista que tantas glorias dio a mi país sobreviva en esas condiciones».

Japón – 1989

Cuba discute con Italia la medalla de oro de la VI Copa del Mundo de Voleibol masculino.

Los criollos, guiados por Orlando Samuell, tienen, net por medio, al mejor equipo del orbe.

La tropa, además, integrada por Joel Despaigne, Lázaro Beltrán, Manuel Torres, Idalberto Valdés, Félix Millán, Abel Sarmientos con una un dificilísima misión: hacer sucumbir al equipo europeo de Julio Velazco, liderado por el mítico Andrea Zorzi, y alzar uno de los premios más soñados por cualquier atleta: la Copa del Mundo.

La historia se sintetiza en un emocionante y parejo partido que Cuba gana 3 sets a 2 (parciales de 15-13, 13-15, 3-15, 15- 4, 15-13). Los de la «Torre color chocolate», tal y como bautizara el comentarista René Navarro a la selección de la isla, escala, por primera y única vez, a lo más alto del podio en ese tipo de eventos.

La Habana – 2022

Víctima de la desidia gubernamental, uno de los ídolos del voleibol masculino cubano de las décadas de los ochentas y noventas – ingresó a la escuadra nacional en 1981 y se mantuvo activo hasta 1994 –, Abel, convertido en zapatero remendón y custodio de una farmacia, con la maestría demostrada en su época de gloria, busca bloquear – una, y otra, y otra vez – los ataques de la triste realidad cubana.

Abel Sarmientos, a sus sesenta años, sin el número 10 en la espalda, sobrevive en el municipio capitalino de Cerro.

Abel me recuerda a mi viejo, a mis tíos Norma y Orlando, a mi hermano Cuco, a Alain, a Boris, al entrañable Loynaz, y a tantos muchos que nos fanatizamos con su juego.

Es meritorio ejercer, dignamente, cualquier profesión u oficio, pero es sabido que en Cuba, y los ejemplos pululan, muchas personas – no solo atletas – que brillaron en sus rubros abrazan una determinada labor impulsados por la precariedad económica.

Vi, con suma tristeza, al exbeisbolista Raúl «La guagua» López cuidando – limpieza incluida – los baños de terminal de ómnibus de El Lido en Marianao, a Sixto Soria – boxeador, campeón mundial y subcampeón olímpico – alquilando su vehículo…

Al concluir la lectura del artículo de «Trabajadores» me surgió una pregunta para el ingeniero Miguel Díaz Canel, y la cúpula del gobierno: «ese es Abel Sarmientos, ¿no se dan cuenta?».

Sé que no tendré respuesta.

Esa gente anda demasiado ocupada en su buena vida – entre banquetes y lujos exigiendo sacrificios para sobrevivir con creatividad, tildando de traidores y vendepatrias a quienes decidimos residir fuera de la isla hastiados de la doble moral – y no tiene tiempo en ocuparse de alguien, específicamente hablando del ex número 10 de la selección cubana de voleibol masculino, que «apenas» consiguió ser Campeón de la Copa del Mundo, Subcampeón Mundial, Campeón Panamericano, Subcampeón de la Liga Mundial, cuarto lugar es los Juegos Olímpicos de Barcelona…

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