“¿Profe, puedo fotocopiar su libro?”

apoyo escritoresLa pregunta me sorprendió. Surgió de una alumna que escuchó, de una compañera de clase buenas referencias sobre mi libro “La vida es un monólogo”, compendio de relatos, 19 en total, basados en entrevistas que hice en Cuba, entre 1997 y 2005, y que no pude dar a conocer allá por razones que todas y todos conocen.

Sonreí, sin molestia alguna, y le sostuve la mirada. “¿Puedo, profe?”, insistió, “es que quiero leerlo y no tengo dinero para comprar”. Quedé en silencio por escasos segundos. “¿Qué le respondo?”, pensé.

Evité una charla aleccionadora sobre la propiedad intelectual tan afectada por la piratería. Obvié, por ende, explicarle que esa acción iba a afectar mi economía porque derivaba en varios libros que iba a dejar de vender, aunque, y es algo que muchos saben, mi economía no depende del comercio de mis títulos. Nada de catecismo ni adoctrinamiento ético.

Eran totalmente innecesarios, además, mi interlocutora es una excelente alumna.

“Mira, vamos a imaginarnos una situación”, le comencé diciendo; “¿te gusta tomar fotografías?”, pregunté. Tras una respuesta afirmativa proseguí. “¿Pensaste en ser fotógrafa profesional?”. Movió la cabeza negando. “¿Conoces a alguien que se dedique a eso?”.

Entonces me puso al tanto del novio de una amiga que es fotógrafo y, “por cierto, profe, lo asaltaron a la salida de un evento y le robaron todo su equipo de trabajo”. Muy sinceramente lamenté la suerte del muchacho. “¿Qué está haciendo?”. “Nada. Está desesperado”. “Bueno, no quería un ejemplo tan extremo, pero ya que vino al caso te explico. Al novio de tu amiga le robaron sus medios de trabajo y no tiene entrada económica. Seguro que comienza a querer comercializar sus fotografías para recuperarse de apoco y poder adquirir nuevo equipamiento. ¿Qué pasa si en lugar de venderlas las regala? Es más estoy convencido que hoy él quiere obsequiarte una, tú, que tienes buen corazón, algo le pagas para contribuir a su recuperación”.

Ella quedó en silencio. “Toma” y le extendí un ejemplar. “No, profe, no”. “Yo no te lo estoy regalando, ni tampoco te lo voy a prestar. Llévalo y cuando puedas me lo pagas. Son 50.000 guaraníes (poco menos de 10 dólares)”. Ella me agradeció. Tomó el libro. Dio media vuelta y se marchó.

La plática sucedió en el mes de septiembre de 2019, en diciembre, al concluir un examen final, voy bajando las escaleras rumbo al estacionamiento de la universidad y escucho “profe, Aldo”. Era mi alumna que se acercaba con paso ágil.

“Su dinero” y extendió el billete. Acto seguido sacó el libro y me pidió una dedicatoria. Mientras escribía unas líneas con mi desagradable caligrafía me dijo: “Gracias por el pasaje imaginario que me regaló a Cuba”.

“Le hacen su cumpleaños pero sin torta”

Ycua1

Llegué a Paraguay con el objetivo de adentrarme en el caso del incendio Ycuá Bolaños, sucursal Jardín Botánico, y de esa manera hacer un documental. Cuando trabajé en Radio Ñandutí se me dio la posibilidad de realizar un material para ese medio; el documental visual, entiéndase pantalla chica o grande, aún es tarea pendiente. El auspicio, a pesar de los múltiples intentos, no aparece, y bueno… Espero algún día concretar mi sueño.

No obstante, y hoy recordé esta historia, de las tantas que hay concernientes a la mayor tragedia civil que reconocen los anales paraguayos, que hubo de contarme una compañera que trabajaba en la limpieza de canal 13.

Gran parte de las víctimas, mortales o no, son oriundas del barrio asunceno Trinidad, ciudad donde se ubica en local siniestrado. En esa pequeña urbe cualquiera tiene, en su familia o entre sus vecinos, un fallecido o alguien que aún sufre las secuelas.

Por ejemplo, el doctor Felipe Palacios, veterinario de profesión, además de haber perdido a sus hijas, él está inhabilitado para trabajar; las quemaduras, en gran parte de su cuerpo, independientemente que se han sucedido 16 años desde 1 de agosto de 2004, le imposibilitan estar expuesto a los rayos solares por la sensibilidad que su piel experimenta.

Esa señora, de la que no recuerdo el nombre, me preguntó en una ocasión si “yo soy el cubano que quiere hacer un documental sobre el Ycuá”. Le respondí que sí. Y me cuenta que ella tiene una amiga que su hija, de 20 y tantos años, falleció en la tragedia.

La chica, a pesar de su juventud, dejó huérfano a un niño, que cuando sucedió la tragedia, tenía apenas un lustro de vida, lo que en el momento de la plática con mi amiga de labores, debió haber tenido 9 años, viendo que el incendio sucedió en el 2004 y ella me puso al tanto de la anécdota en el 2008.

El niño nació el 2 de agosto de 1999, y desde el deceso de su progenitora permite que su familia le celebre su cumpleaños pero sin la clásica torta. “¿Por qué?”, pregunté extrañado sin darme cuenta de que la respuesta era obvia: “Cubano, no quiere torta en su fiesta porque su mamá murió porque fue a comprarle una”.

De veras se me hizo un nudo en la garganta. Enseguida pensé en ese niño huérfano y en la necesidad de que el caso tenga un final justo, aunque desde hace 16 años más de 400 almas partieron, sin retorno, a la existencia espiritual. Necesitan tener paz en el descanso eterno. Ellas necesitan justicia; los familiares, la ciudadanía,  lloran y la exigen.

“¿Por qué el 1 de agosto me es inolvidable?”

YcuaSi hay un día específico que nunca voy a olvidar es el domingo 1 de agosto de 2004. Muchos piensan que ya me había establecido en territorio paraguayo, pero no. Aún vivía en Cuba, y, para más detalles, no tenía pensado, ni remotamente, viajar hasta estos lares geográficos.

Mi esposa y yo aterrizamos, por así decirlo, en el aeropuerto internacional “Sivio Pettirossi” el 6 de marzo de 2006.

Sucede que el 1 de agosto, desde el año 2000, se había convertido en una fecha de extrema felicidad para nuestra familia. Ese día, a las 05:00pm, llegó al mundo Aldo Daniel Luberta Ruiz, bautizado así en mi honor, gesto que infinitamente agradezco al matrimonio de Dunia y Albertico, “La Cuca” y “El Cuco”, mi cuñada y mi hermano.

El 1 de agosto de 2004, no olvido, que me encontraba almorzando junto a mi viejo. Dábamos los toques finales a los preparativos para asistir a la fiesta que por el cuarto cumpleaños de Aldito habían preparado.

Entre la plática y las imágenes del noticiero del mediodía transcurría nuestra degustación alimenticia cuando se interrumpe el servicio informativo con la placa de ÚLTIMA HORA. Mire a papá, papá me miró a mí; fruncimos el ceño extrañados y aguardamos para ponernos al tanto sobre qué estaba sucediendo.

Segundos después la noticia de la tragedia. En Asunción, Paraguay, se estaba incendiando el supermercado Ycuá Bolaños, sucursal Jardín Botánico, y aunque, en inicio, las informaciones, como suele suceder en situaciones extremas, eran confusas e inexactas en cuanto al número de víctimas, el pronóstico era nada halagüeño.

Tal y como se había vaticinado la tragedia dejó más de 400 fallecidos, y muchos sobrevivientes con secuelas tanto físicas como psicológicos, y, sobre todo, un manto de injusticia que 16 años después aún está latente.

Cada 1 de agosto dedico un pensamiento a mi Aldo Daniel querido, ese muchacho que este año llegó a 2 décadas de vidas y es orgullo de nuestra prole; pero cada 1 de agosto también, abrazo a las exigencias truncas que dejó el siniestro. Y cuando me refiero a las vidas truncas no solo señalo a los decesos, sino también a esas personas cuya existencia se aferró a la tablita de la resignación tras el incendio. Cada 1 de agosto exijo justicia y, repito, junto a miles de voces: ¡Ycuá Bolaños nunca más!

“El gran susto… ¡Y en pleno sexo!”

sexoHoy recordé a un gran amigo. Uno de esos compañeros de trabajo, del que me reservo el nombre por razones obvias, que uno considera como hermano. Solo puedo decir que es un gran actor, profesión que le viene de cuna, joven pero no tanto. Lo es en edad, apenas supera los 40, pero su larga trayectoria artística lo hace poseer vasta experiencia en los medios de comunicación, radial y televisivo. Lo dirigí en varias oportunidades y, lo reconozco, lo reitero, fue un placer contar con su presencia en mis espacios.

Me cuenta que en su Oriente natal, tampoco específico la provincia, conoció a una muchacha, si mal no recuerdo en unos carnavales. “Hermosa, con mayúsculas”, refiere su comentario en cada ocasión que la anécdota era parte de nuestra amenas pláticas. “Linda, linda, pero linda de verdad”, reiteraba siempre en su descripción física.

Comenzaron a salir. Muy respetuosamente, según las intenciones de ambos, y hacían de cada circunstancia una verdadera cita de amor. “Si la calle Padre Pico hablara, mi hermano…”.

Entre fiestas, galanteos, y también cuitas de amor, recordando a Noel Estrada en su “En mi viejo San Juan”, transcurrieron unos meses. “Éramos muy jóvenes y a veces discutíamos pero me enamoré de verdad. No te puedo decir otra cosa”.

El chascarrillo que intento traer a colación, a ver sim la risa y el hipo me dejan al recordar, sucedió cuando… “Estábamos en pleno sexo. En pleno disfrute cuando noto que ella empieza a moverse más de la cuenta, ojos en blanco incluido. Enseguida pensé que le estaba provocando el éxtasis, el máximo disfrute, el que nunca había tenido en su vida. Ella en su movimiento y yo en el mío. Soy un bárbaro, el mejor, pensé y seguí. Las contorsiones aumentaron, y yo estaba orgulloso. De esta no me suelta; ningún hombre la había hecho sentir así. Pero comencé a darme cuenta que aquella situación no era normal. Le hablaba, le hablaba y no me respondía. Seguía convulsionando y, para colmo, echando espuma por la boca”.

Me cuenta que el susto fue grande, pero no pasó más allá. “Me río ahora pero en ese no supe qué iba a hacer. Además, y que te quede claro, no me río de ella, ni de la epilepsia, para nada, sino de lo que nos pasó, y en el momento en que nos pasó”. Cuando todo se tranquilizó, la muchacha le confesó que, aunque leve, padece de epilepsia. “¿Por qué no me lo dijiste?, le pregunté y me respondió que como casi nunca le sucedía nunca le dio importancia”.

Ellos, con el tiempo rompieron la relación, mantienen una estrecha relación de amistad, aunque la vida de ambos tomó rumbos diferentes. La chica, según me cuenta mi amigo, se mantiene viviendo en el Oriente del país con su esposo y 3 hijos. “Es economista”, me comentó en una ocasión allá en Cuba, “y por suerte, con un buen tratamiento, parece que el foco de epilepsia desapareció”. Él, por su parte, hace mucho vine en Ciudad de la Habana, donde, reitero, ha desarrollado una brillante carrera actoral. “Cada vez que visito a mis tíos la veo porque vive muy cerca de ellos. Y nos echamos a reír. Incluso su esposo, del que me he hecho amigo, también sabe la anécdota y la disfruta. ¿Qué otra nos queda? No olvidamos aquel gran susto en pleno sexo”.

“Y menos mal que le dio tiempo llegar al baño”

taramar1Los obsequios en los cumpleaños cambian radicalmente si el lugar de residencia del homenajeado está por encima o debajo del ecuador, esa línea imaginaria que divide el globo terráqueo en hemisferios norte y sur. Yo soy un ejemplo claro de lo anterior. Nací el 27 de junio. Cuando vivía en Cuba cada cumpleaños lo recibí días después de comenzar el verano, inicia el 21 de ese mes, y, por lo tanto muchos de los regalos fueron viajes a la playa, trusas o trajes de baño, pulóveres o remeras sin mangas .. Lo contrario acá en Paraguay; como el invierno comienza el 21 de junio recibo abrigos, medias de lana, pantalones con refuerzo para el frío …

En mi octavo o noveno cumpleaños, 1977 o 1978, uno de los agasajos consistió en llevarme a la playa. Mis padres habían planificado todo perfectamente: Saldríamos de casa, tipo 11 de la mañana; recogeríamos a “Mela”, mi hermana más chiquita; almorzaríamos en Taramar, restaurante que está justo frente al antiguo campamento de pioneros “José Martí” de Tarará, hoy “Marina Puerto Sol”; y seguiríamos viaje hacia El Mégano, una de las playas preferidas de mi viejo.

Todo estaba saliendo tal y como se había pensado. Llegamos los 5 a Taramar a la hora que el restaurante abrió al público. Por todo el camino, tengo que aclarar, mi hermano, que tenía 3 o 4 años, imaginariamente iba saboreando lo que se iba a comer y la cantidad que iba a comer. Si mi madre, por ejemplo, le preguntaba “¿qué te parece un plato de arroz y puerco asado?”, él profería su frase preferida “¡qué rico, Tata!”, Y se frotaba con sus manitas la barriga.

Llegamos, insisto los 5 (mis viejos, mi hermana, mi hermano y yo) y nos acomodaron en una mesa en el centro del lugar que brillaba de tanta limpieza. Hicimos el pedido y al iniciar el acto de comer, diametralmente, la actitud de mi hermano. Antes de llegar estaba ansioso por devorar el almuerzo, y cuando tenía delante estaba negado a probar bocado.

“¿Qué te pasa, Albertico?”, Respondió Caridad preocupada. “Come algo, chico, que está riquísimo”, acotó Alberto Damián. “Mela” y yo, por nuestra parte, en silencio, tal y como nos enseñaron, seguimos comiendo sin imaginar, nadie se lo imaginó, que “Cuco” se sintió como un resorte y… “Me cago, coño, me cago”, gritó desesperado.

Él solo tenía puesta una trusa, regalo de mi Tía Nena, de color azul y unas ballenitas dibujadas. Sin olvido, ni olvidaré nunca, su pequeña silueta corriendo como un bólido por todo el restaurante, con una mano puesta en el punto donde se expelen las heces fecales, gritando lo mismo “me cago, me cago, corre que me cago”. Él corría y mi vieja detrás intentando agarrarlo.

Después de unas vueltas alrededor del salón, y ante la sorpresa de los pocos comensales, uno de los empleados de Taramar le indicó a mi mamá donde está ubicado el baño, y para allá fueron los 2. Mientras tanto mi viejo, recuerden que era muy penoso, no atinaba qué hacer, “Mela” y yo, muertos de risa, seguimos almorzando.

Al rato llegaron. Caridad blanca como un papel y “Cuco” feliz por haber podido evacuar, muy profusamente, el serpentín intestinal.

Mi viejo, en silencio, hizo la clásica pregunta: ¿Cómo fue todo? “No le dio tiempo llegar al inodoro, lo hizo ahí, en el medio del baño. Yo limpié todo con la ayuda de una señora. Y menos mal que le dio tiempo llegar al baño porque de lo contrario la pena había sido mayor ”.

Luego de tan “hecefecálico” y atropellado almuerzo seguimos viaje para la playa. Disfrutamos. Disfrutando mucho y, obviamente, ninguno olvidó la anécdota de Cuco. Mi padre se reía trayendo una colación de las tantas frases de mi querido hermano: “Me cago, coño, me cago. Corre que me cago “.

“Flatulencia histórica en la familia Luberta”

prado264Era una tradición ir a casa de mis abuelos paternos los domingos en horario vespertino. En la mayoría de las ocasiones nos reuníamos los nietos más chicos de Celia y Armando y, lo reconozco, la residencia se convertía. “Tato” quien era el líder del grupo por ser el mayor, “Caquito”, “Ody”, el inolvidable Humbertico, Cuco, yo… Aquello parecía un círculo infantil del que había que tener mucha paciencia y tolerancia para soportar.

Al concluir la visita nos apretábamos en el vehículo de mi viejo y le dábamos un empujón, por así decirlo, a mi tía Nena y a mis primos, Leonardito y Juan Carlos, (identificados en el texto como “Tato” y “Caquito”, respectivamente) hasta su hogar, sito en el mítico Paseo del Preado habanero con sus característicos leones de bronce. Pero no todo quedaba ahí, ya de paso, íbamos todos a degustar las ¡exquisitas! pizzas que ofertaban en el restaurante-bar Prado 264.

Esto sucedió entre 1977 y 1979, porque “Cuco”, mi hermano Alberto Luberta Martínez tendría entre 3 y 5 años. Si Leo era el mayor del piquete de nietos que nos reuníamos para visitar al matrimonio Luberta Noy, “Cuquito” pertenecía al otro extremo; o sea, era el más chiquito. Chiquito en edad y de tamaño, algo que le jugó una mala pasada.

Aquella noche, no tan entrada la noche, llegamos y aún no había abierto el centro comercial. En el exterior había unas pocas personas aguardando la apertura, por lo que decidimos esperar dentro del vehículo. Mi madre, previsora al fin, se bajó, marcó en la fila y regresó al auto. Cuando el mozo encargado de la entrada abrió las puertas del establecimiento, nos bajamos todos y nos unimos el pequeño conglomerado humano que, como nosotros, exigía saciar el hambre.

Y fue cuando sucedió. Entre el minúsculo tumulto se escuchó el grito de “Cuco” que a toda voz exclamó… “¿De quién fue el pe’o, caballeros?”. De más está decir que en ese momento mi hermano, desde su escasa figura, se convirtió en el centro de atención del lugar. Mi padre, en extremo penoso, esbozó una tímida sonrisa al tiempo que le subían y le bajaban los colores. Mi tía Nena lo miró asombrada, mis primos y yo echamos a reír, y a mi madre no le quedó más remedio que regañar al niño. “Albertico, qué tú estás diciendo”. Y ahí vino la segunda parte de la historia porque “Cuco”, decidido a delatar al supuesto autor de tan olorosa flatulencia, respondió: “Yo creo que fue el señor ese que me está mirando mal”.

Bueno, ahí el protagonismo cambió. Las vistas se dirigieron a la figura masculina que mi hermano había acusaba como pedorro, y el pobre hombre, sin saber qué hacer, y quizás para congraciarse con el pequeño o para desviar la atención, sonrió con nerviosismo y, si mi memoria no me tradicional, dijo: ¡Qué niño tan gracioso!”.

Han transcurrido más de 40 años del suceso y me atrevo a asegurar que es una de las flatulencias que más ha repercutido en la familia Luberta.

“Contra, ‘Chivo’, mataste al guardia”

José Ciérvide “Pepe” o “El chivo”, el primero a la izquierda

Conocí a José Ciérvide, “Pepe” o “El chivo”, Era merecedor de este último apodo, precisamente, “porque se pasaba la vida chivando; le hacía una broma a cualquiera”, refería mi padre cuando quien fuera, en la década de los años 50 y 60, uno de los mejores grabadores musicales de América Latina, era tema de conversación en tertulia familiares.

Falleció repentinamente en 1972 de un ataque al corazón meses antes de nacer Alain, su más pequeño vástago. Era como un hermano para mis padres. Cariño entrañable que de ellos heredé hacia sus hijos Alain, que ya mencioné, Ernesto, mi compañero de castigos por las diabluras que ambos cometíamos, y “Pepito” o “El chivito”, otro buen exponente en eso de hacer reír y sacar de quicio al prójimo.

Falleció joven “Pepe” Ciérvide. Creo que contaba con 50 años. Su muerte, que aún se lamenta, enlutó no solo a su familia, sino a la Radio cubana. Tal era “El chivo” como bromista que, según cuentan, cuando la noticia de su deceso se conoció en Radio Progreso muchos pensaron de que se trataba de una de las suyas.

Conozco cientos de anécdotas ideadas y, por ende, protagonizadas por “El chivo”, pero hay una que de solo recordar me hace estallar en risas. Sucedió cuando la “Crisis de los Misiles”, en el mes de octubre de 1962. Como muchos recordarán en Cuba se vivieron momentos muy tensos. El mundo estuvo al borde de una tercera guerra mundial. Un conflicto entre John F. Kennedy, Fidel Castro y Nikita Jrushchov mantuvo en vilo no solo a la isla.

Pero sucede que hay personas, muchas personas, “Pepe” Ciérvide una de ellas, que mantienen su espíritu de guasa activo las 24 horas del día, “y por la noche también” como dijera un oficial en la Escuela Interarmas. Cuenta mi vieja que al “Chivo” se le ocurrió agarrar un envoltorio de 5 libras de café, llenarlo de agua, cerrarlo herméticamente y subir a la azotea de Radio Progreso, que en aquel entonces, octubre de 1962 insisto, ya estaba ubicada en la avenida Infanta número 105.

“Lo acompañó Medardo Montero y tenían como único objetivo hacer una broma. Desde la azotea dejaron aquel paquete de café lleno de agua, que, dicho sea de paso, era muy fuerte por eso pasó lo que pasó”.

¿Y qué pasó, Caridad Martínez?

“Muchacho, que cuando aquello cayó en Infanta reventó y sonó como un bombazo. Fue tanto el estruendo que el señor que estaba de guardia gritó ‘Ahhhhhhhhh’ y se desmayó. Se formó tremendo corre corre. Enseguida se llevaron al señor sin conocimiento para el hospital ‘Calixto García’. Dicen que cuando volvió en sí solo decía ‘el bombardeo… el bombardeo… el bombardeo’. Lo tuvieron que tranquilizar y hacerle entender que todo había sido una broma. Y creo que fue Penichet, técnico de la emisora, que sabía lo que iba a hacer pero no subió, cuando los vio bajar le dijo ‘Contra, ‘Chivo’, mataste al guardia’.

Una de las tantas anécdotas que recuerdo de “Pepe” Ciérvide. Mucho pienso en él, porque siempre, siempre, les deseo éxitos a “Pepito”, Ernesto y Alain, también mis hermanos.

“Juan ‘Palillo’ y sus chícharos con jurel”

PogolottiNací en Santa Felicia, Marianao, pero a la barriada de Pogolotti le profeso un amor infinito de incondicional agradecimiento. No solo es el terruño de los Luberta Noy, mi genealogía paterna, sino que en ese querido lugar vieron la luz de sus días mis entrañables e inolvidables Norma Jiménez y Orlando “El calvo” Fernández, Antonio “Ñiquito” López, Andrés “El gallego” Huerta, Wilfredo “Arroz con  Sopa” Oceguera, Juan “Palillo” Muñoz…

De este último no tengo fotografía alguna, por eso hice uso de una instantánea de un icónico lugar de su Pogolotti adorado para, de alguna manera, ilustrar esta consecución de palabras, y agradecer, también de alguna manera, lo que tanto significó su persona para todos sus allegados.

“Palillo” era alto y muy, pero muy delgado; de ahí su sobrenombre. Caminaba muy pausado y con las manos agarradas a la espalda, a la altura de la cintura. Era de los que llegaba a casa y, calladito, se sentaba en el portal. No llamaba a la puerta. Si a las 2 horas notabas su presencia, sonriente saludaba con su característico: “¿Qué hay, mi cuate?”.

Eran recurrentes en él frases como “Yo soy un dolor”, “Déjame decirte que estás equivoca’o”, “No, por favor, eso no fue así”… Y tantas otras que recuerdo con gran cariño.

Juan Muñoz Quevedo, así era su nombre y 2 apellidos, era un hombre muy bueno, muy justo, poseedor de una memoria increíble. Doy fe, porque lo protagonicé en infinidad de veces, que era capaz de repetir quiénes vivían en la barriada de Pogolotti por número de casa. “El calle tal, en la casa que tenía el número tal, vivía fulano de tal, esposo de…”.

¡Increíble la memoria de Juan, además que profesaba hacia sus amigos, y familiares, un alto grado de fidelidad! “Palillo” nada pedía. Nunca se casó, nunca tuvo hijos. Sus allegados éramos nosotros y viceversa. En nuestra compañía se sentía protegido. Juan sabía que, tal y como sucedió en una ocasión, no lo íbamos a dejar solo, y que bajo cualquier circunstancia ahí estábamos para responderle como mismo él era capaza de hacer.

Gustaba del trago, y mucho compartimos. Y con 2 o 3 rones era capaz de disertar sobre cualquier tema. En una ocasión, en el portal de mi casa y en compañía de mi viejo, me dio una charla sobre “Pancho” Villa y la revolución que, aunque no comprendí absolutamente, le agradecí la intención y acercarme a un tema que me era totalmente desconocido.

Una noche, rozando la madrugada, mi viejo le comentó que el fin de semana lo iba a invitar a comer potaje de chícharos (Entiéndase sopa de guisantes o caldo de alverjas). Mi madre cocina exquisito y tenía todos los ingredientes para deleitarnos con una excelente oferta.

“Palillo” escuchó la invitación de Alberto Damián, apuró su trago de ron, colocó el vaso en el piso y… “Mira, ‘Berty’, yo te voy a explicar. ¿Tú te acuerdas de la zafra del 70? Bueno, mucho antes yo aprendí a cocinar los chícharos. Caridad cocina bien, pero yo te puedo enseñar cuál es el secreto de lo chícharos. Que no está ni en la carne, ni en los huesos de puerco. Yo soy un dolor y tú lo sabes. ¿Verdad? Yo hecho los granos de chícharos en agua, con una cabeza de ajo, un poco de cebolla y un poco de sal. Todo eso lo pongo a cocinar. Hay que dejarlo cocinar bien y cuando veas que la olla tenga burbujitas por lo caliente que está, entonces le echo un buen pedazo de jurel. Jurel crudo para que se cocine con el potaje”.

Yo no sé cocinar absolutamente nada, pero, les juro que nunca había escuchado a nadie decir que al potaje de chícharos le echara jurel, un pescado que, años atrás, se comercializaba en Cuba.

Han transcurrido más de 20 años de esa anécdota y aún me pregunto qué sabor podría haber tenido los chícharos con jurel que, según sus propias palabras, cocinaba el bueno de Juan “Palillo”.

Imagino que donde quiera que se encuentra me esté mirando cariñoso y con su habitual sonrisa exprese: “Tú no sabes ná, mi cuate, recuerda que yo soy un dolor”.

“Aunque no lo crean… ¡Cursé 2 veces el preescolar!”

leonor perezQuizás piensen que es producto de mi imaginación. Quizás, y con razón, estén cavilando expresiones tales como “qué niño más bruto”, “quién lo iba a decir”, “ya sabía yo que esa cabeza que tiene es por gusto”… No importa. Lo más libre que tiene el ser humano es el pensamiento, y dentro de la mente de cada uno no puede existir censura. Tienen mi venia de comentar lo que se les antoje, pero lo cierto es que, en septiembre de 1973 comencé a cursar el preescolar… ¡Por primera vez!

La escuela está, porque aún existe, a escasas cuadras de mi residencia en el barrio marianense de Santa Felicia. Se llama “Leonor Pérez Cabrera”, y está tan perdida en la geografía habanera que ni en Internet existen fotos de ella, por eso ilustro este comentario con la imagen de la progenitora de José Julián Martí Pérez, el cubano más universal que reconoce la historia.

Recién cumplidos los 4 años, era más insoportable que ahora con 51, mi núcleo familiar decidió aliviar el trabajo doméstico de Esperanza Hilaria González Echazábal, mi abuela materna. Mis padres en el trabajo, mi abuelo en el suyo, “Esperanceja la vieja”, como le decíamos mi hermano y yo, tenía que lidiar con el ímpetu de Aldito, un servidor, y la invalidez de Isabel Echazábal Llánez, “Titica”, que en ese momento tenía 98 años, autora de los días de Esperanza, abuela de Caridad, y bisabuela mía.

Insisto, había que aliviar a mi abuela del trabajo doméstico por eso, alguien, supongo que haya sido mi madre, hizo las gestiones, aceptaron, e inicié el curso en calidad de oyente.

Recuerdo, como si la hubiera dejado de ver ayer, a mi maestra: Isabel Pérez; como también a muchos de mis compañeritos de aula, que, dicho sea de paso, eran también mis vecinos. “Chacho” y Alain, mis hermanos del barrio, estaban en 1er grado; Sandra “La guajira”, mi hermana, vivía al lado de mi casa; estaba Aurelio, estaba Luis Ángel, estaba Juan Pablo, “El Muñuño”, al que lamentablemente asesinaron, en 1988, en una cárcel habanera…

Me sentía bien en la “Leonor Pérez Cabrera”. Era como trasladar el barrio a un pequeño lugar. Reconozco que no me era muy antipática la maestra. Isabel Pérez, Isabelita, era demasiado estricta para mi gusto, y como no estaba acostumbrado a un reglamento escolar siempre decía que “la maestra no servía para dar clases”.

Obviamente, mi familia hacía caso omiso a mis comentarios. Mis viejos, mis abuelos, sabían que el conflictivo era yo, y que Isabelita solo hacía cumplir con lo que estaba establecido.

Yo insistía en no ir por la animadversión que experimentaba contra ella. Solo hacía llegar, asistía a la escuela en horario vespertino, y buscaba una excusa para regresar lo más rápido posible a mi casa al abrigo de mi abuela. No olvido un día que minutos después de arribo le hice una seña a la maestra, dándole a entender que se había hecho imposible controlar los esfínteres y mis heces fecales habían sido expelidas de forma tal que embadurnaron mis calzoncillos y el pantalón escolar.

¡Todo era mentira, pero Isabelita, sin comprobar, me creyó, e hizo que una de las conserjes me acompañara a mi casa!

¡Iba feliz disfrutando mi triunfo! ¡Había engañado a la maestra!

Llegamos a casa. La buena señora le explicó a Esperanza lo sucedido. Abuela le agradeció y… Mi victoria rápidamente se convirtió en derrota porque cuando “Esperanceja la vieja” constató que todo había sido un ardid mío para evadir la jornada escolar, le pidió a “Yoya”, otras de nuestras inolvidables vecinas y abuela postiza de cada niño del barrio, que vigilara a “Tititca”, y, literalmente, me agarró por una oreja y me devolvió a la escuela con la advertencia de que iba a aprender a no decir mentiras.

Lo anterior es apenas una breve reseña. Algo que debía haber escrito hace mucho tiempo como homenaje a Isabel Pérez, Isabelita, a mis compañeros de estudio y a la “Leonor Pérez Cabrera”, escuela perdida en Marianao, el primer centro educativo que me acogió en calidad de estudiante.

“La fiesta buenísima, pero la quinceañera…”

GladysGladys Victoria Luberta Noy es la quinta en la amplia producción del matrimonio que durante 66 años integraron Celia Marina Noy Venero y Armando Luberta Artolitía. Tía “Yayi”, como le decimos sus sobrinos aún después de su fallecimiento en el año 2013, nació el 10 de marzo de 1938.

ENFERMERA, así con mayúsculas, de profesión, supo encausarse, rozando las 6 décadas de vida, como escritora de espacios de radio. De esa manera un exponente más de nuestro apellido se sumó a Radio Progreso, “La emisora de la familia cubana”, o, como la bautizara mi padre, “La emisora de la familia Luberta Martínez”.

“Yayi”, como cualquier otro ser humano, atesoró, atesora, no pocos chascarrillos, que, según sus propias palabras, “unos recuerdo con cariño y otros ni me gustaría recordar.

Hay una anécdota que mi padre se encargaba de rememorar, entre risas, incluidas las de Gladys Victoria. La historia llegó a un punto que ella misma decía “yo apenas tuve 15, pregúntenle a Berty lo que le pasó en mi fiesta”.

En 1953, exactamente el 10 de marzo, mi tía arribó a la “dulce edad” de 15 años. Mi papá, que en ese momento tenía 21 “septiembres” pero más de un lustro de trabajo en la radio cubana, se apostó, como hombre al fin, en los esfuerzos para que la adolescente tuviera un lindo recuerdo en la fecha.

La fiesta se hizo en un club se Marianao del que me es imposible repetir el nombre. Celia y Armando, de muy escasos recursos, hicieron hasta lo imposible para hacer del momento algo histórico en los anales de la familia Luberta Noy.

Mi padre, joven veinteañero, habló con su amigo, hermano inseparable, Roberto Espí, cantante y director del conjunto “Casino”, para que tan afamada agrupación amenizara el colofón del baile. “Págame lo que puedas”, le dijo Espí, “pero cuenta con eso. Ahí vamos a estar”.

A la celebración entró todo el que quiso. A la voz de “está tocando el ‘Casino’ el salón se repletó de gente que bailó de lo lindo hasta entrada la madrugada.

Mi progenitor contaba que apenas se podía estar en el salón por el calor imperante, y en un momento dado salió al portal a tomar un poco de fresco.

– Uffffff – le comentó un señor que estaba en el portal del lugar y al que mi padre no conocía –. Salí porque necesito un poco de aire.

– Estamos en lo mismo – respondió quien años después se convirtiera en el escritor de “Alegrías de Sobremesa –. ¿La está pasando bien?

– ¿Qué si la estoy pasando bien? ¡Ni se pregunta! ¡Nunca por estos lugares habían hecho una fiesta así!

– Me alegro.

– Eso sí. La fiesta está buenísima, pero la quinceañera más mala no puede estar.

– Es mi hermana – acotó el viejo divertido.

– Perdón, perdón, perdón… – repetía el señor buscando argumentos para ofrecer una disculpa convicente.

– No hay que perdonar, amigo mío. Yo sé. Yo quiero a mi familia a pesar de los defectos.

En cada reunión familiar se repetía la anécdota, a pedido, incluso, de la entonces quinceañera.