Un año más, Rey…

ANGLADASí, su majestad, y sumo mi pedido al de millones de fanáticos azules que claman, una vez más, por su presencia en el timón de Industriales. Un año más porque el béisbol cubano necesita de su regia dirección y sabiduría extrema. Un año más, porque el prestigio de los grandes hombres impulsa el halo de millones de congéneres. Un año más, independiente al pedido familiar, porque, inevitablemente, nosotros también lo somos aunque no nos una lazos de consanguinidad.

Necesitamos que usted, amo y señor del reino industrialista, continúe, cual alma mater, encaminando los pasos de los más bisoños y afianzando los de otros que con más años luciendo gorras y calzando les urge su tutela erudita.

Hoy más que nunca recuerdo las palabras de Venancio Perdigón y Domingo Perdomo, mis entrenadores de béisbol en mi querida Ciudad Libertad. A ellos, entronizados ambos en mi memoria, en no pocas ocasiones les escuché decir que “un equipo de pelota se nutre de ambas direcciones; o sea, que a prestigiosos jugadores les complementa un director técnico que los supere en reputación”. Y la máxima de quienes infructuosamente intentaron hacer de este común mortal un beisbolista, con todo respeto que merecen los soberanos, la pongo en su consideración.

Un día aciago de 1982 nos enteramos que usted no volvería a los diamantes. Años después, muchos años después, supe por Carlos Perdomo, un amigo que tenemos en común, de sus andanzas sofbolísticas en CIMEX. “Salúdalo de mi parte”, le dije; “exprésale mi agradecimiento por enseñarme, además, la postmodernidad en el béisbol”. Luego sucedió lo inesperado: el regreso del eterno número 36 de los Industriales y con lo anterior el anhelo, como sucedió, de volver a soñar, no solo con un título, sino con el ímpetu de los que por si exhiben una colosal miniatura de la perfección.

El amor por los Industriales lo heredé de mi abuelo y mi padre; el respeto hacia usted nació con el tiempo, por la añoranza de esa época dorada en la que con voz infantil gritaba: “vamos, Rey, da la tuya”. Mi padre, que, literalmente hablando, de sabio beisbolero e industrialista tenía tanto como de escritor humorista, cuando Enriquito Díaz dejó al campo a Villa Clara en el año 2004 me dijo degustando un trago de ron: “Anglada es lo mejor que nos ha podido pasar. Lo que más deseo es que siga con nosotros porque se muchacho sí es bueno”

Un año más, Rey… Una vez más se lo suplico, ¿por qué no?, también por la memoria de mi viejo.

Un abrazo grande de industrialista agradecido desde Asunción, Paraguay

Aldo Luberta Martínez

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