El taxista que quiso hacerme pasar por tonto

taxistasReconozco que existe de todo en la viña del señor y este conflicto (reconozco que me tiene harto) que se ha suscitado entre ¿los siempre queridos y nunca bien ponderados? taxistas (son los que han agotado mis límites permisivos porque se han adjudicado el poder de hacer y deshacer a su antojo) y las empresas de servicio de transporte MUV y UBER hizo que recordara una anécdota que protagonicé con uno de los integrantes del llamado “enjambre amarillo”.

Suelo viajar al interior de Paraguay para presentar, y promocionar, mi actividad literaria. Las ciudades de Hernandarias, Pedro Juan Caballero, San Juan y San Estanislao, por ejemplo, han accedido a mis propuestas. Cada ocasión la he asumido como viaje de trabajo y, por tal motivo, la estancia en las mencionadas urbes, excepto cuando tuve la oportunidad de visitar San Juan en el departamento de Misiones, han sido bien cortas: tomo un colectivo en la terminal de ómnibus de Asunción rozando la medianoche, llego a mi destino al amanecer, concreto la presentación y regreso a la capital en horas de la madrugada para poder acudir a mi puesto de trabajo puntualmente.

Existe una tendencia mundial, no solo en Paraguay, de querer timar al extranjero. Mi caso es particular, aunque no el único, porque a pesar de que resido hace más de una década en este noble país, mantengo mi timbre caribeño. Es algo que lucho no perder porque es parte de mi identidad

¿La anécdota con el taxista?

El 23 de noviembre de 2018 presente mi último título en la ciudad de Pedro Juan Caballero. Arribé a Asunción, no lo olvido, a las 05:23 y ante la falta de colectivos a esa hora tan temprana decidí tomar un taxi. En efecto. Rápidamente accedí a los servicios de uno conducido por un señor que, tras el breve intercambio de “buenos días” le indiqué la dirección de mi residencia.

A pesar de que el tráfico a esa hora en la capital paraguaya no es tan liviano muchos se imaginan el viaje fue relativamente rápido. Al llegar a mi edificio noto que el taxímetro indica que el precio que debo de abonar es 25 mil guaraníes, equivalente a 4 dólares y centavos, pero me sorprendo cuando el conductor del vehículo me dice “son 83 mil guaraníes, señor”.

– ¿83 mil guaraníes? – pregunto sorprendido- ahí veo que son solo 25 mil.

– Usted es extranjero y no conoce que entre las 22 horas y las 6 horas el precio se incrementa un 30% – respondió el del “enjambre amarillo”.

Me llené de paciencia ante el personajillo que me escudriñaba con una mirada irónica.

– Tiene razón, usted – sostuve – soy extranjero, pero, en primer lugar, no soy tonto; en segundo lugar, resido en Paraguay desde el año 2006 y conozco todos los tejemanejes que ustedes acostumbran a hacer; y en tercer lugar, compadre, hace muchos, pero muchos años que aprendí matemáticas y, aunque mis conocimientos en la materia son escasos, le puedo asegurar que si le aplico el 30% a 25 mil guaraníes jamás la cuenta, ni por asomo, se va a acercar a los 82 mil que usted pretende estafarme. El 100% de 25 es 50, por eso el 30% de 25, al menos en la matemática que yo conozco, nunca será 82 – ahí abrí los ojos, arqueé la ceja izquierda y la comisura del labio superior, también izquierda (algo que aprendí de niño imitando a mi padre que lo hacía por un accidente que tuvo en su infancia que le produjo una cicatriz)– llámame a la policía, llámame al Ministro del Interior, llámame a Isadora Duncan (la pobre, no viene la caso pero citar a una personalidad histórica aporta conocimientos y estos son bien recibidos siempre), llámame a quién se antoje pero no te voy a pagar 82 mil guaraníes. No porque no los tenga, sino porque no me la gana. Además, eso de pagar el 30% en el horario que me indica no está establecido en ninguna ordenanza municipal o algo que se parezca, eso lo impusieron ustedes por simple capricho

Aboné el justo importe que indicaba el taxímetro (con monedas incluidas) y concluí la plática con el prepotente taxista que nunca entendió, o al menos así lo afirmo, que el gran error que comenten los que se creen listos es pensar que el prójimo no lo es, o no tiene la capacidad suficiente de no admitir, bajo ningún concepto, que le quieran dar gato a pesar de haber pedido liebre.

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