Grammys… ¿Para desestabilizar la revolución?

Solo un ser humano permeado por carpetovetónicas mentalidades puede repetir, y llegar a creer– o, por conveniencia, simular que cree–, los furibundos ataques dirigidos a “Patria y Vida”, reconocida, por partida doble, en la última edición– sucedió el pasado jueves, 18 de noviembre –, de los Premios Grammys Latinos.

“Son intentos de desestabilizar a la revolución cubana”.

Y las afirmaciones, cuan pataleo de ahorcados enceguecidos y fanáticos De La Hoz y el martillo– tal y como me comentara mi admirado Jorge Trilla, ingeniero de profesión; ingeniero de probada capacidad, no como su falso colega que anda entretenido en otros menesteres–, son aplaudidas, hasta el delirio, y salmodiadas, con devoción repulsiva.

¿Grammys para desestabilizar a la revolución?

O los acólitos al ingeniero– ese infeliz político improvisado que olvidó sus estudios en el rubro de la ciencia y técnica y se ha especializado, ridículamente, en clasificar gustos musicales–, están en un craso error, o el proceso social en la isla se muestra tan frágil que se tambalea al punto de que dos premios Grammys son capaces de provocar su derrumbe.

No, por favor, no.

La revolución cubana es desestabilizada, a diario, por su primera rosca directiva; esos mismos que desde hace poco más de seis décadas hacen uso de una retórica abusivamente gastada y a escondidas se proyectan diametralmente opuestos; esos que desde acomodadas posiciones, características de la izquierda latinoamericana– la que jamás ha resuelto absolutamente nada–, señalan al imperio, a los yanquis, a los gringos, como causa principal a sus calamidades, esperando, muy tranquilos y ociosos, a que un agente externo continúe fomentando sus existencias, caras y exóticas.

No culpen a los Premios Grammys.

“Son cosas de apátridas. Estaba cantado que iba a ser la canción del año”.

El autor del comentario, sin proponérselo, me permitió acceder a lo más sensato que he leído entre un chaparrón de insensateces.

«Estaba cantado», obvio, porque entre las nominadas, “Patria y Vida” era la única– al menos así lo considero–, que trascendió al mundo convirtiéndose en un himno de libertad.

Pueden coincidir o no con el otorgamiento– están en todo su derecho–, pero la decisión está y, afortunadamente, es irrevocable.

Pregunten a los que un día fueron fieles– alguna vez muchos lo fuimos y no es discutible–, y hoy lamentan la pobreza que los consume, a quién, o quiénes, consideran responsables de tanta desidia.

¿A los intérpretes de “Patria y Vida”? ¿A la organización de los Premios Grammys?

Pregunten al gobierno de los Estados Unidos, o a referentes de la derecha, si en alguna ocasión consideraron como provocación, o intento de desestabilización, los premios entregados a artistas de la izquierda, como, por ejemplo, es el caso de Calle 13.

Las publicaciones, los comentarios que atacan, con intolerancia enajenada, a “Patria y Vida” y sus galardones, rebosan los medios oficialistas– bueno, todos los medios en Cuba son oficialistas–, regidos por una gran limitante: La obligatoriedad de halagar, incondicionalmente, la postura de un partido único que, incluso, superpone sus estatutos a lo expuesto en la Constitución Nacional.

De esa manera se allana el cumplimento de la tarea asignada.

Es más fácil buscar a culpables externos que hacer una crítica introspección; es más factible repetir un discurso vesánico que darse cuenta de la incapacidad interna imperante; es más cómodo gritar “la orden de combate está dada” que analizar los motivos del desencanto; es más simple desdeñar una composición musical que darse cuenta de los motivos de su origen; es más cómodo continuar imponiendo la frase de “Patria o Muerte” que dar paso a una juventud pujante que clama por una patria donde prime la vida.

El 27 de junio de 2019 cumplí cincuenta años.

En un momento del festejo, taza de café en mano – ya no bebo alcohol y a no pocos les parece increíble–, fui hacia el balcón de mi casa, miré al firmamento en busca de las caricias de los muertos de mi felicidad, mis abuelos, mi viejo…, y después de agradecerles la vida dije la siguiente frase: Tengo más pasado que futuro.

Pero Cuba no.

Mi isla querida tiene más futuro que pasado y, desde mi posición – con el respeto que me caracteriza–, intentaré que sea más promisorio.

Voto por la patria y por la vida en ejercicio de mi derecho  a decidir, aunque– y muchos de mis allegados lo saben– no me gusta el género urbano.

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