«Cadete, ¡usted está imitando a Oscar de León!»

Hace cuatro décadas descubrí al intérprete venezolano Oscar de León.

En los albores de los 13 años, a mediados de 1982, sintonicé el radio y… «El fiel enamorado»– popularmente conocido como «Monta mi caballo» o «Pica mi caballo»– se dejó escuchar en su inconfundible voz.

Había escuchado, hasta ese momento, no pocas versiones de la pieza musical– cuyo autor es «Paquito» Portela, nacido en Santiago de Cuba en 1899–, y, sinceramente, quedé prendado– hasta nuestros días– de tan excepcional músico.

Considero, respetando criterios y a otros excepcionales cantarines del género, que Oscar de León (Oscar Emilio León Simoza – Caracas, 11 de julio de 1943), reúne ¡magistralmente! las cinco condiciones que debe exhibir en escena un músico salsero: canta, baila, improvisa, ejecuta un instrumento – el bajo, en su caso específico – y dirige la orquesta.

Además, independientemente de mi cuna cultural, «El faraón de la salsa» supo enseñarme no pocas creaciones de la música cubana y, como si no bastara, capté e hice mía su devoción hacia Bartolomé Maximiliano Moré Gutiérrez, «El Beny» de Santa Isabel de las Lajas, «El Beny» de Cienfuegos, «El Beny» de Cuba, «El Beny» del mundo.

Los que me conocen saben que soy admirador de la música de Oscar de León, y que uno de mis sueños es personarme en un concierto suyo– nunca he tenido la oportunidad ya que cuando estuvo en Cuba en diciembre de 1983 yo tenía apenas catorce años; aunque sí disfruté, televisor mediante, de sus seis presentaciones en la isla (dos en el Festival de Varadero, y una per cápita en el parque Lenin, en la Ciudad Deportiva, en el teatro «Carlos Marx» y en el estadio de béisbol «Guillermón Moncada» de Santiago de Cuba–; si la vida me permite bailar in situ con su música, para mí sería un honor, ¡altísimo!, darle un fuerte abrazo de «relloyo» bailador cubano.

Oscar de León es mi ídolo y aún después de ser prohibido, inexplicablemente, en Cuba, por emitir criterios opuestos al gobierno, lo seguí escuchando. En pocas palabras: Oscar mucho me ha inspirado en la vida por lo que siempre he querido ser como él.

Cuando el 13 de agosto de 1987 inicié mi vida de cadete en la escuela interarmas de las FAR «Antonio Maceo» con gran sorpresa palpé que en mi facultad– la número tres de «Tanque y Transporte»–, existía entre los alumnos una gran inclinación musical.

Juan «El Zorro» Zorrilla– piano, bajo, cantante–, César Ernesto Brito, «El Pepe»– un «Hombre Orquesta» que lo mismo ejecutaba el tres, que la guitarra, que el bajo, que el trombón, que cantaba–, Arnaldo Tosca y Alexis Núñez– ambos percusionistas–, Jorge Luis Hernández Veiga, mi compañero en la EMCC de Capdevila, devenido gran cantante…

«Luberta», me dijo «El Zorro» una tarde, «veo que te gusta improvisar. Ven con nosotros y te incorporas al grupo».

Le tomé la palabra enseguida y comencé a formar parte de la orquesta de la facultad.

Nos presentábamos donde sea.

Lo mismo en una secundaria, que en un preuniversitario– en el municipio habanero de Ceiba del Agua había muchas escuelas en el campo–, en una actividad de los CDR, y, como era de esperarse, en los festivales de aficionados que se organizaban en nuestro centro de enseñanza militar.

Era de noche y ensayábamos dos números para el día siguiente: «La merenguera», muy recordaba en el estilo de la orquesta villaclareña «Aliamén», e «¿Y cómo es él?», una versión en nuestro tiempo salsero, ¡miren si éramos atrevidos!, de la interpretación que José Luis Perales regaló al mundo.

Inmersos en pulir imperfecciones no nos percatamos que en una de las sillas del teatro– junto a otros artistas– estaba el mayor Vergel, uno de los oficiales del departamento de cultura.

«Ahí está el tipo ese», susurró Brito al percatarse de la presencia del militar, «hay que hilar fino porque ese está para partirnos las patas».

«1… 2… 3» marcó «El Zorro» y «La merenguera» comenzó a sonar. César Ernesto cantó su parte– «El Pepe» no tenía una gran voz pero si  era muy afinado y carismático–, e inicié mis improvisaciones con ímpetu, con deseos, como si el teatro hubiese estado repleto disfrutando de mi arte.

«¡Paren! ¡Paren!» gritó molesto Vergel y de un salto se puso de pie.

Nosotros nos miramos sin comprender qué estaba sucediendo.

El mayor, pesar de sus pequeñas piernas– Vergel era muy bajito–, subió las escaleras del escenario muy rápidamente y se detuvo a mi lado.

-¿Qué estás haciendo?– vociferó mirándome.

-¿Yo?

-Sí, usted. ¿Qué hace?

-Cantar, compañero mayor.

-Cadete, ¡usted está imitando a Oscar de León!

Lo miré serio pero con cara de burla a sabiendas de que mi pase de fin de semana pendía de un hilo.

-Pero, mayor…

-Mayor, nada. Usted está imitando a Oscar de León.

-Ojalá, compañero mayor– dije aguantando las ganas de reír como el resto de mis compañeros de agrupación que lo podían hacer a sus anchas porque Vergel se había ubicado de espaldas a ellos.

Primer error: hacerle saber a un oficial de las FAR mi admiración hacia un «enemigo acérrimo de la revolución», según ellos.

-¿Qué usted dijo, cadete? – volvió a gritar Vergel mientras su rostro asumía una violácea tonalidad.

-Me dice que estoy imitando a Oscar de León, compañero mayor, le agradezco el elogio. ¡Qué Dios le oiga!

Segundo error: evocar a Dios públicamente, siendo que el tema de la libertad de culto en Cuba ha sido motivo de represión desde 1959.

De más está decir que, tal y como había augurado, y por la intransigencia del mayor Vergel, estuve dos semanas sin visitar a mi familia en Marianao.

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