“A mi hijo la policía cubana lo dejó morir”

ImageMi hijo Angelito es una de las tantas víctimas del régimen. A él lo dejaron morir. Yo todavía no me explico por qué lo detuvieron.

–       ¿Aquí vive el ciudadano Ángel Manuel Valdés Miranda?

–       Sí, compañero…

–       ¿Es familia suya?

–       Es mi hijo, compañero.

–       ¿Él se encuentra?

–       Está durmiendo. Trabajó de madrugada…

–       Despiértelo.

–       ¿Cómo lo voy a despertar si está descansando?

–       Tenemos orden de detención contra él.

–       ¿Una orden contra mi hijo?

–       No tenemos tiempo de explicaciones, señora. Dígale a su hijo que salga o lo sacamos a la fuerza.

Ángel salió, lo esposaron y se lo llevaron

–       ¿Qué pasa, Angelito?

–       No sé, mamá.

Enseguida localicé a mi esposo en el trabajo.

–       ¿Qué tú dices, Juana?

–       A Angelito se lo llevaron preso.

–       No sé…

–       Enseguida voy para allá y resuelvo eso. No te preocupes.

Mi esposo fue hasta la unidad de policía donde estaba detenido.

–       Sospechoso de robo, compañero.

–       Mi hijo…

–       El ciudadano Ramiro Domínguez cometió el delito y entre los nombres que dio fue el de su hijo. Tenemos que investigar.

–       Mi hijo no es ningún ladrón, compañero.

–       Lo sentimos mucho, pero eso está por ver.

–       Si no hay pruebas en su contra tienen que darle la libertad condicional.

–       Está por ver.

Dicen que Ramiro, uno de sus amigos del barrio, robó en una escuela unos televisores, equipos de aire acondicionado, equipos de video que no iban destinados a los niños cubanos, sino a los venezolanos; por eso la furia de la policía, por eso la detención de muchos que no tuvieron nada que ver con el robo; cuando se comete, un delito que va contra la colaboración con Venezuela, el gobierno pide sangre y cobra sangre…

A Ramiro lo vimos crecer jugando con los otros del barrio; nunca le gustó estudiar o, al menos, nunca lo motivó estudiar, y se dedicó al negocio ilícito. Es verdad que Angelito le gustaba conversar con él, pero nunca andar juntos; por eso no me explico cómo lo detuvieron por aquel robo en la escuela:

–       No fui yo, mamá. No fui yo.

Escribió mi hijo desde la celda.

–       Me estoy sintiendo mal y no tengo insulina.

Angelito que, desde los 15 años, era diabético.

–       Se lo digo a la policía y no me hacen caso.

La diabetes que es una enfermedad artera.

–       Y no solo yo, los muchachos que están conmigo se lo dicen a la policía y no les hacen caso.

Fui hasta la unidad de policía con todos los certificados médicos.

–       Ahórrese la gestión, señora. Su hijo ya fue atendido y está en perfecto estado de salud. La revolución no le niega la atención médica a nadie.

–       ¿Y lo de la libertad condicional?

–       Estamos investigando.

–       Él es inocente.

–       Estamos investigando.

–       Pero la libertad condicional…

–       Es a partir de las 72 horas. Ayer fue que detuvimos a su hijo.

–       Le recuerdo que es diabético.

–       Y yo le recuerdo que la fue atendido.

Regresé a mi casa, pero nada más me pude acomodar sonó el teléfono.

–       ¿Juana?

–       Sí, es la que habla.

–       Es Margot.

–       Ay, Margot, acabo de regresar de la unidad policial y…

–       ¿Y tu esposo?

–       Entrevistándose con un abogado. ¿Sucedió algo?

–       Te aconsejo que regreses y hables con los policías. Angelito está muy mal.

–       Pero si ellos me dijeron que…

–       A Angelito le están negando la atención médica.

–       ¿Quién te lo dijo?

–       Ramiro me lo mandó a decir. Angelito está muy mal.

Regresé a la unidad.

–       Compañera, ¿usted de nuevo?

–       Quiero ver a mi hijo.

–       No puede ver a su hijo. No está permitido.

–       Usted me dijo, mentiras. Mi hijo se siente mal y no lo han atendido.

–       Pero, compañera…

–       No me voy de aquí hasta que vea a mi hijo.

–       ¡Y si insiste, la sacamos a la fuerza!

–       ¡Quiero ver a mi hijo!

Me negué a irme y el policía a querer empujarme; me tiré en el suelo e intentó arrastrarme pero con las piernas me sujeté a un banco. No podía conmigo y vinieron más policías. Uno me dio con un bastón por las piernas y otra, una mujer, me echó en plena cara un líquido que me dejó ciega por un momento. En las afueras se habían aglomerado gran cantidad de personas que no comprendían que pasaba. Transeúntes habían se habían detenido al escuchar mis gritos, porque en todo momento grité con todas mis fuerzas que quería ver a mi hijo.

–       Es una loca que le dio una crisis en la calle y la trajimos para tranquilizarla.

Fue la excusa que emplearon para ocultar la verdad.

–       Circulen que aquí no pueden estar… ¡Circulen!

Como no podían sacarme de la unidad, porque se les creaba un problema mayor, me metieron en una oficina y me encerraron.

–       Mi hijo…

Continué gritando.

–       Están matando a mi hijo.

Gritaba con todas mis fuerzas.

–       Mi hijo es diabético y le están negando la atención médica.

Grité hasta que no pude más. Grité hasta que me rindió el cansancio.

Mi esposo estaba afuera, junto con el abogado, y tampoco le hicieron caso.

–       Nosotros quisimos ser buenos, pero ella se portó mal, así que ella va para su casa y su hijo no va a tener la libertad condicional.

–       Por ley le corresponde…

–       A las 72 horas.

Los vecinos se portaron de maravillas. Cuando llegamos a la casa estaban todos esperándonos con una tela enorme en la que habían escrito.

–       “Queremos atención médica para Angelito”.

Mi esposo y yo rompimos a llorar de la emoción.

–       No hagan eso.

–       Ahora mismo vamos para la unidad de policía.

–       Ustedes solos no, nosotros también.

–       Quédese, Juana, ustedes han sufrido mucho.

–       Nosotros también.

Éramos alrededor de 50. No gritamos. No hablamos. Marchamos en silencio y nos detuvimos en las afueras de la unidad con la tela en alto. Enseguida salieron los policías en actitud amenazadora.

–       No busquen más problemas.

–       No estamos buscando problemas, compañero, solo evitando.

–       No busquen más problemas.

–       Queremos atención médica para Angelito.

–       Ya fue atendido.

–       ¡Mentira!

Dijimos a coro.

Cada vez que los policías iban a decir algo nosotros contestábamos con la misma frase:

–       ¡Mentira!

Estaba sucediendo lo mismo que horas antes. La gente pasaba, averiguaba y se sumaba a nosotros en gesto solidario. Nosotros éramos cada vez más y los policías tomaron miedo, aunque en ningún momento nos pasó por la cabeza asaltar la unidad. Ellos sacaron las armas y las manipularon en actitud amenazadora:

–       Me van a tener que matar pero yo me llevo a mi hijo.

–       Estamos contigo, Juana.

El ambiente era cada más tenso.

–       Circulen, para bien de todos.

–       ¡Mentira!

–       Circulen.

–       Queremos atención médica para Angelito.

–       ¡Circulen que…

–       Miren… Una ambulancia.

Vimos llegar a la ambulancia, que hizo su entrada en la unidad policial muy en silencio, como para que nos diéramos cuenta de su presencia allí, pero a pesar del silencio y de la oscuridad de la noche, pudimos distinguirla. Se detuvo a un costado de la unidad e hicimos silencio total.

–       Se murió, mi hijo.

Pensé y muchos de los que estaban junto a mí, pensaron lo mismo.

–       Angelito… Angelito… Angelito…

Comenzamos a gritar y en eso mi esposo empujó a los policías, corrió junto a la ambulancia y pudo ver como sacaban un cuerpo cubierto por una sábana.

–       Ahí va su hijo. Esta gente lo asesinó.

Quien gritó fue Ramiro el muchacho del barrio que, supuestamente, había cometido el robo en la escuela.

–       Se puso mal. Muy mal. Le decía a los policías que era diabético y no le hacían caso. Se le reían en la cara. Le decían que para la próxima vez se robara un caso de azúcar de un mercado. Fue muy duro ver morir a Angelito. Se le resecó la boca y el aliento olía como a fruta podrida. Estábamos 3 más junto a él y reclamamos su atención médica, pero tampoco. Seguro pensaron que estábamos diciendo mentiras, y no. Yo conocía a Angelito, desde que éramos niños, y sabía que le daban desmayos cuando el azúcar se le bajaba; también que se inyectaba insulina. Se puso blanco… Se puso frío… Los ojos virados… Hablaba y no se le entendía… Se orinó… Se vomitó… ¡Y no teníamos ni agua para darle! Se murió y quisieron tapar la muerte de él chantajeándonos. Nos dijeron que si decían que él sí había recibido atención médica no íbamos a tener problemas, pero no aceptamos, porque a Angelito se le negó que lo viera un médico y por eso murió.

A mi hijo lo mataron en la unidad policial de Mulgoba, municipio Rancho Boyeros.

He escrito cartas, he reclamado, he denunciado, pero ni caso me han hecho. Mi esposo ha querido entrevistarse con el Ministro del Interior y con el de Salud Pública, y tampoco. Tengo el certificado de defunción que, sé es falso, y las declaraciones de los testigos, pero no me sirve de nada. Algún día, si dios quiere, se hará justicia, pero está por ver.

¿Sabe qué pusieron en el certificado?

–       Paciente insulinodependiente que fallece a pesar de habérsele suministrado el medicamento por las autoridades médicas de la unidad policial…

¡Mentira! Todo es mentira. Mi hijo Angelito es una de las tantas víctimas del régimen. A él lo dejaron morir.

Aclaración: El relato anterior es parte del libro, de mi autoría, “La vida es un monólogo” que se encuentra en proceso de edición. Agrego, además, que la imagen que ilustra este trabajo es netamente de referencia.

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