“La fiesta buenísima, pero la quinceañera…”

GladysGladys Victoria Luberta Noy es la quinta en la amplia producción del matrimonio que durante 66 años integraron Celia Marina Noy Venero y Armando Luberta Artolitía. Tía “Yayi”, como le decimos sus sobrinos aún después de su fallecimiento en el año 2013, nació el 10 de marzo de 1938.

ENFERMERA, así con mayúsculas, de profesión, supo encausarse, rozando las 6 décadas de vida, como escritora de espacios de radio. De esa manera un exponente más de nuestro apellido se sumó a Radio Progreso, “La emisora de la familia cubana”, o, como la bautizara mi padre, “La emisora de la familia Luberta Martínez”.

“Yayi”, como cualquier otro ser humano, atesoró, atesora, no pocos chascarrillos, que, según sus propias palabras, “unos recuerdo con cariño y otros ni me gustaría recordar.

Hay una anécdota que mi padre se encargaba de rememorar, entre risas, incluidas las de Gladys Victoria. La historia llegó a un punto que ella misma decía “yo apenas tuve 15, pregúntenle a Berty lo que le pasó en mi fiesta”.

En 1953, exactamente el 10 de marzo, mi tía arribó a la “dulce edad” de 15 años. Mi papá, que en ese momento tenía 21 “septiembres” pero más de un lustro de trabajo en la radio cubana, se apostó, como hombre al fin, en los esfuerzos para que la adolescente tuviera un lindo recuerdo en la fecha.

La fiesta se hizo en un club se Marianao del que me es imposible repetir el nombre. Celia y Armando, de muy escasos recursos, hicieron hasta lo imposible para hacer del momento algo histórico en los anales de la familia Luberta Noy.

Mi padre, joven veinteañero, habló con su amigo, hermano inseparable, Roberto Espí, cantante y director del conjunto “Casino”, para que tan afamada agrupación amenizara el colofón del baile. “Págame lo que puedas”, le dijo Espí, “pero cuenta con eso. Ahí vamos a estar”.

A la celebración entró todo el que quiso. A la voz de “está tocando el ‘Casino’ el salón se repletó de gente que bailó de lo lindo hasta entrada la madrugada.

Mi progenitor contaba que apenas se podía estar en el salón por el calor imperante, y en un momento dado salió al portal a tomar un poco de fresco.

– Uffffff – le comentó un señor que estaba en el portal del lugar y al que mi padre no conocía –. Salí porque necesito un poco de aire.

– Estamos en lo mismo – respondió quien años después se convirtiera en el escritor de “Alegrías de Sobremesa –. ¿La está pasando bien?

– ¿Qué si la estoy pasando bien? ¡Ni se pregunta! ¡Nunca por estos lugares habían hecho una fiesta así!

– Me alegro.

– Eso sí. La fiesta está buenísima, pero la quinceañera más mala no puede estar.

– Es mi hermana – acotó el viejo divertido.

– Perdón, perdón, perdón… – repetía el señor buscando argumentos para ofrecer una disculpa convicente.

– No hay que perdonar, amigo mío. Yo sé. Yo quiero a mi familia a pesar de los defectos.

En cada reunión familiar se repetía la anécdota, a pedido, incluso, de la entonces quinceañera.

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