“Gracias, Marta… Hasta por quitarme las hormigas”

Marta Velazco no solo era una actriz de excelencia o una persona siempre dada a apoyar profesionalmente a quienes, en un momento dado, dimos los primeros pasos en el apasionante mundo de la realización radial. Martina García, su verdadero nombre, siempre fue muy allegada a mi familia. De hecho, en el cúmulo de recuerdos que con ella atesoro, siempre se refirió a mí con el diminutivo de mi nombre, o, en el más tierno de los casos con un sincero “Mi niño”.

Para ella tenía que ser así. ¡Me vio crecer, y, como si no bastara, fue de las que soportó mis malcriadeces!

Les cuento algo.

Mi madre, el 18 de diciembre de 1974, regaló al mundo, tras un engorroso embarazo, a Cuco, mi hermano. Pero, aunque el proceso tuvo un final feliz, se vivieron momentos de extremas tensión al presentársele complicaciones de diabetes e hipertensión, por lo que tuvo que ser internada, por un espacio de 90 días, en el Hospital Eusebio Hernández, conocido popularmente como Maternidad Obrera.

Las visitas a mi madre eran una verdadera fiesta. Ella, como el resto de las hospitalizadas, recibía a familiares y amigos en un amplio espacio al que llamábamos “El parque de Maternidad”.

A mi vieja la iba a ver el barrio entero, incluidos los niños, incluido yo, obviamente; y la chiquillada lo menos que hacía, me incluyo, era preocuparse por su estado de salud y, apenas entrábamos, la saludábamos y… ¡A correr se ha dicho!

Pepito y Tato, los Carlitos, Oscarito,  Fernandito y Bernardo, Chacho, Alain, Aramís … ¡Aquello era una locura que por momentos resultaba in controlable!

La díscola sazón la poníamos nosotros; la cordura, como era de esperar, los mayores que, con rostros aguzados, escuchaban las explicaciones de Cacha sobre el último parte médico.

Cierta tarde noche llegan a la visita Marta Velazco y Rafael Díaz. Los identifiqué con gran cariño, los saludé y seguí en mi corretaje por el lugar. Minutos después, sucedió que en una de mis carreras entro en un hormiguero. Mis pies se hundieron y los animalitos, enfurecidos, comenzaron a dar cuenta de mis piernas.

Salí lo más rápido posible y fui hacia donde estaba mi vieja en busca de ayuda. Ayuda que recibí de la querida Marta. Con paciencia de abuela, que en ese instante no lo era, me quitó los zapatos y una a una eliminó las hormigas que me picaban iracundas.

Le di un beso. Le agradecí. Seguí en mis corridas… ¡Y me fui nuevamente al hormiguero!

Regresé y Marta repitió la acción… ¡Lo hizo creo que 6 veces más en la jornada, si el alemán no me traiciona!

La anécdota no se olvidó. La recordábamos a cada rato, incluso ella la ponía de ejemplo de cómo un niño podía insistir en lograr un objetivo sin  mediar peligro alguno, recuerden que entonces yo tenía apenas un lustro dando guerra en este mundo.

En el 2006 salí de Cuba y en el 2016 regresé, y nos reencontramos.

“¡Mi niño!”, me dijo emocionada y me abrazó. “Marta, el niño tiene casi 50 años”, le contesté en broma.  “No me importa. Con lo grandulón que estás si te tengo que quitar las hormigas lo hago”.

Ella acaba de fallecer.

Murió la excelente actriz, la gran persona, la que bajo cualquier circunstancia le profesó un amor incondicional al prójimo, no solamente a los Luberta Martínez. Dejó de existir a quien quise como una madre.

Murió Teté, el antiquísimo personaje de “Alegrías de Sobremesa”…

Reconozco que su deceso, a los 95 años, me sumió en una gran tristeza, porque a Marta le agradezco hasta que me haya protegido de un enjambre de hormigas.

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