“Bombardeooooo”

A los viernes alternos, y hablo de mi etapa en la EMCC de Capdevila, correspondían las jornadas de “maniobras militares”. Entrecomillo lo anterior porque, sinceramente, no eran tales maniobras, sino una jornada de caminata en la que se cenaba y dormía en el exterior de la escuela.

Vestidos con el uniforme de campaña y llevando a la espaldas la mochila con indumentaria de guerra y a la cintura nuestra cantimplora con agua, iniciábamos las incursiones “bélicas” con la sirena que indicaba ALARMA DE COMBATE.

A la carrera subíamos al albergue, agarrábamos las pertenencias, formábamos en el polígono de infantería… ¡Y a caminar se ha dicho!

La noche nos resultaba amena, a pesar del cansancio por el kilometraje recorrido, que tampoco era mucho, y mientras degustábamos la ración de comida correspondiente solíamos comentar lo acontecido hasta el momento y, sobre todo, los planes para sábado y domingo.

Paseos a Coppelia o al Malecón, una fiestecita improvisada, baños en la playa, quizás una fugaz a visita a los campismos, ir a jugar béisbol en los terrenos de la Ciudad Deportiva… En fin, las opciones eran disímiles y, muy fundamental, accesible a los bolsillos de cada uno.

Recuerden que hablamos del lapso comprendido entre los años 1984 y 1987.

¡La debacle vino después, pero, por el momento, no es motivo de referencia!

Prosigo con las caminatas “camilitas”.

También, durante el recorrido, y a viva voz, las cabezas militares de la EMCC simulaban un ¡ATAQUE QUÍMICO! o un ¡BOMBARDEO! para que, al mismo tiempo, nosotros actuar como si lo estuviésemos viviendo in situ.

Aquella noche, con gusto o disgusto, devoramos la magra porción de alimento: Arroz congrí, pescado frito y una papa hervida. Los “jamaliches”, o sea, los que solemos comer cuan inquietos animalitos de la sabana africana, procurábamos, ¡siempre lo hacíamos!, una doble ración; y, luego, continuábamos el banquete arrasando con lo que alguna melindrosa, o melindroso, porque también los había, dejaba intacto.

Con la barriga repleta sucedían, casi inmediatamente, dos fenómenos, muy clásicos en las mencionadas circunstancias: Nos invadía un sueño colosal y, e inevitable, cuando el sistema digestivo iniciaba el procesamiento de tan violenta carga alimenticia los flatos, sonoros y silenciosos, eran expelidos sin pudor alguno.

¿Para qué tanto recato sin todo era a cielo abierto?

Esos repulsivos gases perdían efecto con la suave brisa que la nocturnidad regalaba… ¡Error mayúsculo!

Es cierto que no tenían el mismo efecto que en un espacio cerrado, pero aquel espontáneo intercambio de regüeldos estomacales, llámese fétidas flatulencias con alevosa frecuencia,  sí era lo más parecido a un verdadero ¡ATAQUE QUÍMICO! imposible de domeñar porque no provenían de un emisor… ¡Éramos muchos batallando por expulsarlas!

Y hubo momentos en que la posición horizontal, asumida para soñar con los angelitos, nos jugó una mala pasada y tuvimos que socorrernos con pequeños golpecitos en el vientre para librarnos de aquella maleza en el epigastrio.

Bueno, esa noche, esa específicamente noche de décimo grado, muchos dormían, otros nos entreteníamos con tan gaseada diversión cuando se escuchó “¡Bombardeooooo!” en la voz de un oficial no identificado hasta el momento, aunque aseguro, por el timbre de voz, que el grito tan terrífico provino de Ramón Franco, el teniente “Caballo Loco”.

-¡Eso empezó hace rato! – respondió, con voz extremadamente fina, uno de los nuestros provocando que carcajeásemos de lo lindo.

¿Quién fue el ocurrente?

Alejandro Torreira Hernández, que independientemente de su contextura delgada en extremo y su estatura no muy elevada era muy distinguido por su facilidad para los ejercicios físicos y por poseer un TIC nervioso en los ojos, constantemente pestañeaba, en estricta coordinación con su conversación.

Ejemplo: Oye, Aldito … TICTIC TICTICTIC…

Seguro muchos de mis lectores están haciendo el ejercicio. Si no les sales, no importa, lo de Alejandro es único. ¡Es un don que la naturaleza le dio para separar en sílabas las palabras!

A Torreira lo vi por última vez en el año 2001. Espero, como me sucede con todos, reeditar el encuentro lo antes posible.

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