“Usted se queda, Caballero…”

Porque le necesitamos.

Porque continuaremos, unidos, en la vigilia por María, esa chica inquieta que desapareció cuando tenía 20 años y, como arte de magia, fue hallada en Camagüey, el orgulloso terruño que lo recibió el 22 de noviembre de 1948.

Usted se queda porque nos urge recordar sus tantos consejos: “La hipocresía es un mal de mucha gente que te saluda, te abrazan y no lo sienten”, “la novia de un amigo mío no puede ser para mí” o “así son las cuestiones del amor”.

Usted se queda porque necesitamos cantar un son en la madrugada al vaivén de los coches bayameses.

Usted se queda, Caballero, sencillamente se queda.

Porque ni el piano ni el güiro pueden dejar de sonar. Porque los infaltables nunca se ausentan. Porque la música es eterna y, por tal, nosotros, los bailadores, convertimos en víctimas a los calzados en un constante disfrute.

Para nada, Caballero, usted no se va. ¡No lo hará nunca!

Y disculpe mi egoísmo, pero así lo experimento.

No soy trovador, ¡ni algo que se parezca!, pero seré fiel a sus preceptos y usted, como ya dije anteriormente, será mi eterna fuente de inspiración.

Usted se queda, Caballero.

E imagino que en la próxima presentación de la orquesta el público lo busque con el convencimiento de que va a irrumpir en escena con su eterna sonrisa.

Usted se queda, porque, y le ruego no lo olvide, maestro, usted es el “Caballero del Son”.

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