«¡Flor de las flores del Paraguay!»

A diario descubro Asunción.

La capital de todos los que residimos en fronteras guaraníes, no importa si nacionales o foráneos– como es mi caso–, regala, en cada rincón, un motivo de pleno disfrute.

La urbe– el 6 de marzo de 2006– exhibió ante mis ojos su cautivadora belleza citadina aderezada con colinas, angostas calles y elegancia colonial. Ella me enamoró a primera vista, y poco más de dieciséis años después la atracción para con la capital paraguaya continúa intacta.

A Asunción, «Madre de Ciudades», le agradezco la vida de mis tres últimos lustros, la hospitalidad y la calidez que me abrazaron, y me abrasaron, e hicieron de mí– caribeño de pura cepa– un compatriota más.

Hoy Asunción, exultante y magnífica, festeja su 485 aniversario.

Fundada el 15 de agosto de 1537, por Juan de Salazar de Espinosa, Asunción– Nuestra Señora de la Asunción, digo bien– se yergue elegante a orillas del río Paraguay con el orgullo innato característico de los insignes núcleos urbanos, tal y como lo afirman Manuel Ortiz Guerrero y José Asunción Flores en la inmortal «Paraguaýpe»:

En la bahía joya amatista,

Palma, Colombia, calle Amambay,

El ramillete de los turistas,

¡Flor de las flores del Paraguay!

La vida es un remolino de acontecimientos, un torbellino de hechos que, en un santiamén, es capaz de trastocar los destinos de la existencia humana. Si sucediese que mis pasos, por caprichos ajenos o no a mi voluntad, se encaminan hacia otros lares geográficos, Asunción tendrá en mi pensamiento un privilegiado recuerdo de orgullo y agradecimiento.

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